19 de Octubre de 2018

Opinión

Demagogos

Gobernar no es tarea fácil; no basta para hacerlo bien con tener la emoción suficiente o las mejores intenciones.

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Gobernar no es tarea fácil; no basta para hacerlo bien con tener la emoción suficiente o las mejores intenciones, de ello dan cuenta innumerables mandatarios, de todos los niveles, que no obstante las altas expectativas generadas durante su campaña política, cuando no son reprobados por quienes los eligieron, apenas consiguen concluir su gobierno sumidos en la más gris de las mediocridades.

Y conste que, si hablamos de gobiernos estatales, el voto de confianza, el tiempo de gracia que otorga la gente, aunque pueda tener una duración variable, suele ser de por lo menos un año, en que las propias pifias pueden ser adjudicadas al gobierno anterior, y durar hasta 3 años, cuando se ve que lo que no se ha logrado difícilmente se conseguirá.

Por eso no deja de ser sorprendente que un gobierno a escasos seis meses de ejercicio pueda tener una baja tan precipitada de popularidad, como sucede con el de Nuevo León, que muestra síntomas prematuros de agotamiento, con la renuncia del subsecretario de administración, por comprar a precios inflados, y su retroceso en materia de seguridad. Lo que tiene como causa probable la ligereza con que se conformó el gabinete, con el nombramiento de funcionarios improvisados.    

Lo que puede poner en duda la viabilidad de los gobiernos encabezados por candidatos 'independientes' o, mejor llamados, sin partido, pues el gobernador, Jaime Rodríguez Calderón, apeló a dicha vía argumentando que sólo así podría apartarse de las mafias de los partidos políticos, al parecer sólo para caer en manos de otras pandillas, como puede ser la conformada por sus patrocinadores.

Un buen gobierno debe reflejarse en los hechos,  pues los discursos que no son respaldados por resultados y que  no tienen capacidad de respuesta, sólo pueden conducir al desencanto y la frustración social, característicos  de una democracia pervertida, como advirtió Aristóteles.

El riesgo mayor de la democracia es que el gobierno pueda caer en manos de los demagogos, que sólo repitan lo que la gente quiere oír, pero que carezcan de programa y rumbo.

Como advirtió el griego, sobre todo hay que tener cuidado con los cómicos, o sus equivalentes de hoy, como sucede con Donald Trump, cuya popularidad  ha metido en un callejón sin salida al Partido Republicano, ya que difícilmente podrá impedir que sea su candidato, a pesar de su incoherente y deshilvanado discurso y de sus tan ineficientes como irrealizables propuestas  de construir ¿otro? muro para impedir la migración y dar marcha atrás a los tratados comerciales.  

Revivido por Oppenheimer, Vicente Fox, que sabe de lo que habla,  tiene la esperanza de que si Trump ocupa finalmente la presidencia norteamericana, se dé cuenta de lo impertinente de sus propuestas y modifique su actitud. Pero ¿debe ganar la contienda electoral un candidato cuyas propuestas están completamente equivocadas?

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