18 de Julio de 2018

Opinión

Dependencia y codependencia

Los cónyuges de enfermos alcohólicos o adictos tienen mayor propensión a estas disfunciones.

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Nunca subestimes tu capacidad de cambiar.- Dr. Norman Vincent Peale

La codependencia no respeta edades, estrato social o sexo. Los cónyuges de enfermos alcohólicos o adictos tienen mayor propensión a esta disfunción. Igualmente,  se forma en familias en donde se sobreprotege y no se propicia la autonomía de sus miembros, también en los familiares de alguna persona incapacitada crónicamente o donde se convive con alguna persona neurótica. 

Empieza con la dependencia malsana que proviene de cómo la persona se ve en su relación con el mundo. Al no tener referencia externa, se considera sin valor en sí misma, necesita recibir ese valor del exterior y trata de que los demás la vean como débil, “buena” y desprotegida; su vida se rige por lo que cree que los demás piensan de ella y consume gran cantidad de energía en conservar relaciones tóxicas y malsanas, aunque el costo sea muy alto, pues sin esas relaciones siente que no “tiene nada” y que no es “nada”. 

El codependiente no tiene límites definidos de su espacio vital; carga con la tristeza, felicidad, problemas o enojo de otros, por eso no puede lograr su autonomía y menos la intimidad, ya que ésta requiere de un ser propio que no sea absorbido por otro para poder compartir. Sufre de ambivalencia: un día ama y al siguiente odia; quiere irse y quiere quedarse; o desea las dos cosas al mismo tiempo. Vive en confusión. 

Para sanar  hay que analizar el caos interior y tomar consciencia de los sentimientos que no se han aceptado y reconocido. Sólo entonces se podrán encauzar dichos sentimientos con inteligencia y voluntad para gozar del autocontrol. Se hará la luz y se verá que todos tenemos los mismos derechos para disponer en nuestras vidas. No podemos controlar pensamientos, acciones y responsabilidades de los demás. 

La curación interior consiste en limpiar lo que está sucio (resentimientos, odio, deseo de venganza, sentimientos de rechazo, de abandono, etc.) para permitir que la vida, la luz y el amor de Dios nos curen y nos llenen de la paz que Él prometió. Hay que pedir la sanación de nuestros traumas y heridas de la niñez para que sane el “niño interior”.

Tal vez, al haber empleado mecanismos de defensa equivocados se formó la dependencia y de allí la codependencia. La buena noticia es que se puede sanar y ser libres emocionalmente para descubrir el “Yo” maravilloso que somos.

¡Ánimo! hay que aprender a vivir.

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