18 de Febrero de 2018

Opinión

Derecho de género

En el logro de este objetivo no cualquier solución es buena.

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Yucatán saltó esta semana a la polémica nacional: el Tribunal Electoral local modificó el acuerdo de la autoridad electoral de equilibrar la composición de género de la legislatura recién electa, asignando tres diputaciones de representación proporcional a tres candidatas que tuvieron una votación menor que tres hombres, cada quien en su propio distrito electoral. En la misma proporción que la resolución revocada produjo un gran entusiasmo en las mujeres del círculo rojo, hoy la indignación las convoca a lidiar con valor contra este asalto del machismo.

Entrar a esta discusión exige considerar ciertas premisas básicas. No se puede negar que la subordinación social de las mujeres sigue siendo parte del funcionamiento rutinario de la sociedad. Esta condición no cambiará espontáneamente, sino que exige el establecimiento de normas y prácticas que construyan la igualdad entre ambos sexos. El terreno electoral, en consecuencia, debe incluirse en esta dinámica, teniendo el foco en que mujeres y hombres tengan el mismo peso al elegir y al ser electos.

Sin embargo, hay que aceptar que en el logro de este objetivo no cualquier solución es buena. No lo es la aplicada inicialmente en Yucatán, pues resulta en elecciones en las que el valor del voto se subordina a otros factores, al no ser la proporción de sufragios obtenida la que determina si una persona ocupa un cargo o no, sino su sexo. 

Por otro lado, el debate se centra en el derecho de las potenciales electas frente a sus oponentes, pero ignora, como el sistema electoral en su conjunto, el derecho fundamental de quien emite su voto. Al desplazar a los hombres más votados se afecta también el voto de las mujeres que sufragaron por ellos. Nada hay ni en las argumentaciones públicas ni en las resoluciones de autoridad que siquiera mencione el derecho de las votantes.

Curiosamente, este punto nunca es mencionado por las integrantes de la élite política, ocupadas mucho más en sus posibilidades de acceder a cargos públicos que en modificar de fondo las condiciones sociales y económicas que día a día maltratan al grueso de la población femenina. Parece ser que, a fin de cuentas, les parece mejor que la sociedad no les produzca demasiadas competidoras.

Lejos del debate, las mujeres de a pie siguen en la discriminación diaria.

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