21 de Septiembre de 2018

Opinión

Derechos humanos y ciudadanos

En el México de hoy, asistimos a las expresiones más cínicas, explícitas y conscientes de su rechazo.

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Este lunes se cumplieron 224 años de la aprobación por la Asamblea Constituyente francesa de la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano. Su indeleble artículo primero sentencia: Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos. 

Así como aquellos descamisados al asaltar la prisión de la Bastilla habían cerrado una Edad de la Historia para abrir otra, con este documento los representantes del pueblo abolían el orden legal que imponía la superioridad y privilegios de una pequeña élite y hacían de la igualdad nata de los hombres la base de sustento de las nuevas relaciones sociales.

O al menos eso creían.

Allende las centurias, la idea de la igualdad básica de las personas es, en el mejor de los casos, una aspiración permanentemente postergada, tantas veces plasmadas en leyes como negada en la práctica. En el peor, una afirmación falaz que por etiqueta hay que suscribir pero en la que no se cree, no se vive y por ningún motivo se procura.

En el México de hoy, en el mundo de hoy, no sólo testificamos cotidianamente la negación práctica de ese principio, sino que asistimos a las expresiones más cínicas, explícitas y conscientes de su rechazo.

El logro del privilegio, de distinguirse como acreedor de mayores derechos que otros, es exaltado por las más distintas vías, desde la televisión que enarbola el estandarte de la opulencia como valor ético y humano, hasta las madres aprensivas que con exquisita atención orientan a sus hijas a buscar pareja procurando “mejorar la raza”.

Dos productos sociales extremos de esta lógica me parecen especialmente graves.

Uno es la convicción colectiva de que ciertas élites no sólo pueden sino que deben estar más allá de las leyes. Y el problema no es que siempre haya un buen argumento para haber atropellado a ese peatón, u olvidado pagar impuestos, sino la regularidad con que las faltas quedan impunes.

El otro es la vigencia del racismo, duro ya en los prejuicios sobre los indios y sus culturas, en la profunda creencia de que realmente no valen lo mismo que blancos y rubios, pero lacerante en la subordinación y hasta marginación social que implacablemente impone.

Hay tareas para las que dos siglos no bastan.

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