21 de Septiembre de 2018

Opinión

Derechos sobre los animales

Más allá del debate sobre la suerte de los animales, me parece que es de tenerse en cuenta la perspectiva estricta de la formación humana.

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Varios gobiernos, tanto nacionales cono locales, han prohibido el uso de animales en ciertos espectáculos. Corridas de toros, ciertos circos o torneos del lazo han quedado fuera de la ley. 

Los defensores de estas actividades esgrimen distintos argumentos en favor de su preservación: la diversión en familia, la tradición o el arte. 

Algunas razones apuntan a una perspectiva conservacionista y hasta humanista. Por ejemplo, que el toro de lidia llegaría a desaparecer como especie, pues no vive en la naturaleza sino sólo se cría para ser corrido, además de que su vida, y a veces hasta el sacrificio, es mucho mejor y más larga que la de sus primos destinados a hamburguesa. 

Este argumento es semejante al de los entusiastas de las peleas de gallos, y parecido al de los cazadores que promueven la preservación de zonas silvestres y la crianza de ciertas especies.

En el debate surgen también referencias a los animales criados para la alimentación, especialmente cuando esto se hace de manera industrial, que viven cortos pero hondos martirios antes de ser servidos en la mesa, y que esa masa de sufrimiento rebasa con mucho la de los circos y corridas.

Más allá del debate sobre la suerte de los animales, que no es un asunto menor, me parece que es de tenerse en cuenta la perspectiva estricta de la formación humana. 

Procurar espacios donde la muerte bajo tortura de una bestia sea no sólo algo digno de espectáculo o de encomio artístico, sino elemento de encuentro y disfrute para padres e hijos, instrumento de formación de personas, me parece poco edificante. 

Otro tanto puedo decir de los circos. No ayuda a formar buenas personas enseñar a los niños a disfrutar de animales que casi siempre, tras suplicios atroces, hacen cosas reñidas con sus instintos más elementales; y que, en todo caso, viven en situaciones de privación completa de todo aquello que gozarían en la naturaleza. Creo, como fórmula existencial -y pedagógica- en aquello que decía Facundo Cabral: “Que no sirve la alegría si es a costillas del llanto”.

Pero mientras la casa del horror de Rosa Verduzco, la masacre de Gaza o la reclusión inmisericorde en Estados Unidos de niños centroamericanos que huyen de la violencia no nos quiten el apetito, pensar en compasión por los animales es una fantasía.

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