14 de Diciembre de 2018

Opinión

Desayuno con Porfirio

Es un hombre difícil de definir y hasta de describir, porque es muchas cosas.

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Antiguos compañeros del PRD me hicieron llegar una invitación para conmemorar los veinte años de que el licenciado y ahora ex embajador Porfirio Alejandro Muñoz-Ledo y Lazo de la Vega asumiera la presidencia nacional de ese partido. El desayuno sería un reconocimiento a quien, como otros grandes, abriendo brecha se ha ido despojando de títulos y apellidos, para ya no necesitar más que su sólo nombre como carta de presentación y currículum.

Porfirio, comentaba yo a la mayoría de ex jóvenes de la generación del ‘88 ahí reunidos, es un hombre difícil de definir y hasta de describir, porque es muchas cosas. Sus amigos, compañeros y ex compañeros lo recordamos como dirigente, maestro, parlamentario, erudito, bailarín y diplomático, por mencionar algunas de las cosas que ahí se dijeron.

En la distancia corta, fuera de los espacios más formales, Muñoz Ledo es un gran conversador. Lector y viajero insaciable, invita con su plática a conocer personas, ideas, lugares y utopías. Mueve el intelecto y las emociones. Invita, provoca, reta, admite. Charlas que distraen al tiempo, extendiéndose por cortas horas.

En la vida pública, Porfirio se evidencia ante todo como un polemista. Feroz, audaz y sólido, rara vez ha conocido la derrota en este terreno. Parafraseando un texto que en alguna ocasión leí y que se refería a otro gran discutidor -Ricardo Ferré- de Porfirio podemos decir que, cuando debate, acuden en su ayuda los filósofos clásicos, los padres de la iglesia, los formalistas rusos, los estructuralistas franceses, Marx, no sólo Carlos, sino hasta Groucho... de forma tal que, aun cuando se esté de acuerdo con él, vale la pena refutarle, con tal de escucharlo argumentar.

Pero creo que lo más relevante de Muñoz Ledo es su carácter de constructor, de arquitecto político. Como disidente del PRI, como presidente del PRD, como actor de la vida nacional, ha mantenido una preocupación constante por la forma como las fuerzas políticas y sociales pueden estructurarse organizada e institucionalmente, administrando democráticamente las diferencias y conflictos inherentes a la pluralidad.

A él se debe mucho de la reforma electoral de 1996, vigente hasta hoy. Y a que Fox no escuchara su llamado a reformar el sistema político mexicano se debe el atasco de la transición mexicana y sus sistemáticos problemas de gobernabilidad.

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