24 de Septiembre de 2018

Opinión

Descenso a los infiernos

El verdugo es la nueva estrella de la maquinaria de propaganda de Estado Islámico, nadie sabe su nombre pero todos le llaman el Bulldozer de Faluya...

Compartir en Facebook Descenso a los infiernosCompartir en Twiiter Descenso a los infiernos

En el sanguinario conflicto en Siria e Iraq, destaca en los últimos días una noticia sobre Omar, un muchacho de apenas 14 años que combatía a favor del Ejército Libre Sirio contra los seguidores del Estado Islámico. Hecho prisionero en combate, fue sometido a múltiples torturas con el fin de que renegara de sus creencias, cambiara de bando y peleara contra sus antiguos camaradas; sus reiteradas negativas desembocaron en un castigo brutal. Ante una multitud reunida en una plaza llena de jóvenes le fueron cercenados con cuchillo de carnicero una mano y un pie que de inmediato fueron puestos ante sus ojos como escarmiento, el objetivo era aterrorizar a todos los adolescentes y que por temor a las represalias se alistaran para combatir.

El verdugo es la nueva estrella de la maquinaria de propaganda de Estado Islámico, nadie sabe su nombre pero todos le llaman el Bulldozer de Faluya, con casi dos metros de alto y asegurando tener doscientos kilogramos de peso, se ha presentado en fotografías que lo retratan completamente cubierto de pies a cabeza, cargando enormes armas o blandiendo una espada japonesa con la que decapita a los prisioneros; su especialidad son los jóvenes como Omar, a los que decapita y destaza sin piedad. La profusa difusión de sus actos de salvajismo desatado es el arma con la que Estado Islámico espera aterrorizar a sus enemigos e impulsar una imagen de un ejército sanguinario, despiadado y bendecido por Dios.

Del lado del Ejército Libre Sirio ha surgido un antagonista: una mole humana, profusamente armada y con una enorme barba negra, de una crueldad inusitada en el campo de batalla. Los medios occidentales lo llaman el Rambo de Bagdad, mientras que sus compañeros de armas lo apodan El  Ángel de la Muerte. Su nombre es Ayub Saleh, sus compañeros y él presumen ser tan salvajes como los combatientes de Estado Islámico, a los que aseguran masacrarán sin piedad para devolverles los horrores infligidos a sus seguidores. En un video aparece con un hombre quemado y colgado de cabeza, al que corta en trozos mientras profiere amenazas contra sus enemigos, para terminar asegurando que los desmembrará con sus propias manos.

Es así como hermanos de raza y religión prostituyen, ofenden y pervierten el sagrado nombre de Dios, haciendo descender a los infiernos a la humanidad, devorando en una espiral de odio y rencor lo poco que de humanos tienen en los corazones, entronizando la violencia insensata, el odio al prójimo y la crueldad como valores en el nombre de Dios, vomitando con violencia sobre sus víctimas todo el estiércol moral que les rebosa por las manos, la boca y el corazón, atentando contra Dios, pervirtiendo su esencia y su mensaje de amor, piedad y perdón.

Los grandes incendios tuvieron su origen en muy pequeñas llamaradas, en fuegos insignificantes que llegaron a proporciones monstruosas; es así como las grandes aberraciones de la humanidad comenzaron en pequeñas ruindades a las que no se  les prestó importancia y sí se les dio cobijo en el corazón. Los grandes conflictos, guerras o genocidios tuvieron su cuna primero en el corazón mezquino de cada uno de los participantes. Al permitirnos a nosotros mismos sentirnos con la autoridad suficiente para ser jueces de nuestros hermanos, encaminamos el corazón a la vanagloria de sentirnos puros y castos y con el derecho de enjuiciar como si fuéramos Dios.

Estemos alertas y en la debilidad de nuestros corazones reconozcamos nuestros defectos, carencias y miserias; no permitamos que el veneno de la autosuficiencia, una exagerada opinión de nuestras virtudes o la autoadoración nos lleven a sentirnos propietarios de la verdad absoluta como si fuéramos Dios, pero sin nada de su amor por la humanidad, su piedad y perdón.

Que a través del reconocimiento de nuestras imperfecciones seamos capaces de comprender las imperfecciones ajenas, que el reconocimiento de nuestras mutuas imperfecciones en la familia, el trabajo, la escuela, el noviazgo o la pareja nos sirvan de trampolín para impulsarnos a ser cada vez mejores y más verdaderamente humanos. No permitamos jamás en nosotros el surgimiento de esas pequeñas llamaradas, que luego, convertidas en arrasadores incendios, hacen descender a los infiernos a la humanidad, de la mano de Rambo, el Bulldozer o nosotros mismos.

LO MÁS LEÍDO

LO MÁS COMENTADO

NOTAS RELACIONADAS

Comentarios

Responder a  Name   
Comentarios
Responder a  Name   
Responder a  Name   
DE:(TUS DATOS)
Nombre
E-mail
ENVIAR A:(DESTINATARIO)
Nombre
E-mail
Comentarios