15 de Noviembre de 2018

Opinión

Desencanto de los partidos políticos

En la actualidad nos resulta difícil imaginar el quehacer público sin la presencia gravitante de los partidos políticos.

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En la actualidad nos resulta difícil imaginar el quehacer público sin la presencia gravitante de los partidos políticos. Pero ni su existencia ni su rol han sido siempre aceptados y menos aún considerados como algo obvio. Lo cierto es que los partidos son fundamentales para la democracia y para su funcionamiento, pero también son vistos como los causantes del deterioro de las mismas democracias. 

Hace unos años preguntarse por la necesidad de los partidos en democracia se hubiera considerado una excentricidad. Las cuatro reglas de la democracia incluyen elecciones periódicas para elegir a parlamentarios y gobernantes, voto libre y secreto, posibilidad de recambio en el poder y pluralidad política expresada en partidos políticos que aseguren competencia de propuestas y valores. Pero la democracia no se agota en las reglas de selección de élites, porque es también sinónimo de justicia social y de igualdad. 

Los partidos son hoy, con todos los matices que diferencian a unas formaciones de otras, estructuras pensadas en clave de conquista y ejercicio del poder, en todas sus múltiples facetas, desde una lógica electoral y representativa. Los medios de comunicación, la tecnificación de la política a través de gabinetes y asesores, y la rapidez con que todo sucede, han reforzado aún más a la cúpula de los partidos, dejando a la militancia en un papel superficial. 

El presupuesto programado para los partidos en 2017, al que nunca se ha mencionado para  el acuerdo de austeridad en turno, y que los personajes detractores no mencionan, y mucho menos sugieren como vía de aportación, asciende para las nueve agrupaciones políticas registradas –según datos del Instituto Nacional Electoral (INE), en el que se contemplan actividades ordinarias permanentes y específicas la cantidad inconcebible para una función que se ha tornado improductiva– a 4 mil 059 millones de pesos, donde destacan el PRI con mil 34 millones, el PAN con 782 millones, el PRD con 468 millones y Morena 392 millones de pesos. 

Decía Lenin: “En política no hay moral, sólo conveniencia”. Y sobre este colosal financiamiento, siempre han surgido preguntas como: ¿Ha servido de algo darles tanto dinero público a los partidos? Lo importante es que se constituya por personas que antepongan los intereses y necesidades de la población a los intereses propios, personales o partidarios; que ofrezcan ideas concretas, factibles, que contribuyan a salir de la autodestrucción a la que nos encaminamos. 

Hoy en día las elecciones son cada vez más onerosas para el país, pero son necesarias y hasta indispensables pues estimulan la economía y son un negocio redondo. Debemos entender que los partidos se deben al pueblo y ellos serán representados por hombres con liderazgo, hombres con propuestas sociales. Pero claro está, hay gobiernos que una vez elegidos se olvidan de la política, de la democracia y del pueblo, se vuelven poderosos, egoístas, trabajan solos, son prepotentes con el poder en una palabra, se hacen elegir con un partido y profesan la democracia pero hacen en su gobierno todo lo contrario, para el gobernante no existe el partido, no existe la democracia solo existe él, y lo grave: aún administra a puerta cerrada; ejemplos de lo anterior existen muchos en nuestros país y hay desde rojos, verdes, amarillos y azules. 

El actual descontento ciudadano con la clase política es porque todos los partidos subsisten gracias al presupuesto que se les otorga de los recursos públicos, cuando en la mayoría de las democracias avanzadas los institutos políticos operan exclusivamente con financiamiento privado. Es bien sabido de que a pesar de que los partidos tienen un plan de trabajo avalado por el INE a nivel federal y el OPLE a nivel estatal, a fin de justificar su gasto operativo o de campañas políticas, muchos de estos recursos se asignan y se gastan discrecionalmente; eso es lo que enoja al ciudadano común y corriente el cual sobrevive con un mísero salario mínimo cuando los dirigentes partidistas se despachan a manos llenas a pesar de que no se esté en año electoral. 

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