26 de Septiembre de 2018

Opinión

Después de Friedman

Más allá de los abusos de muchos políticos mexicanos, las condiciones de zozobra económica y social que padecemos son resultado principalmente de la desigualdad.

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Cuando en el siglo XVIII Adam Smith publicó De la riqueza de la naciones, abrió un nuevo espacio de conocimiento para entender la economía, a grado tal que fundó esta disciplina. En su visión, entre otras cosas, el escocés da un papel central a la libertad del mercado en el proceso de obtención de la riqueza.

Sin embargo, cuando dos siglos después Milton Friedman retomó algunas de sus ideas clave, no avanzó ya hacia ningún entendimiento fundamental de la realidad, sino que fortaleció definitivamente la base ideológica (“creó la narrativa”, como está de moda decir) que algunos países ricos promovían ya en el proceso de implantar un nuevo modelo económico global, favorable a su propio crecimiento.

En pocos años, con el llamado “consenso de Washington”, aquél quedó impuesto, estableciendo lineamientos de cumplimiento obligatorio para los países pobres, so pena de exclusión de los mecanismos financieros internacionales.

En su publicidad, el Neoliberalismo Utópico prometía que, a partir de la eliminación de barreras al tráfico de mercancías, en las que contradictoriamente no se encontraba la mano de obra, la generación de riqueza aumentaría, su concentración llevaría al mayor desarrollo y, finalmente, toda la población se beneficiaría económicamente, al escurrir esta riqueza de arriba a abajo de la escala social.

El Neoliberalismo Realmente Existente, sin embargo, ha demostrado que, así como el nuevo mercado es “casi” libre, pues “sólo” se excluye de la vieja consigna del “dejar pasar” a las personas, la promesa “casi” se cumplió. “Sólo” faltó la última parte.

En tres décadas, en México y en el mundo, se ha generado una riqueza descomunal y ésta se ha concentrado enormemente. (De acuerdo con el último informe de Oxfam, ocho personas son dueñas de la misma riqueza que la mitad de la humanidad junta). Lo único que no ha ocurrido es que algo de ella llegue a los más pobres, sean países o personas.

En la realidad, la transferencia de riqueza, de valor -que de acuerdo no con Marx, sino con el propio Adam Smith no tiene más fuente que el trabajo humano- sigue siendo de los trabajadores al capital y de los países subdesarrollados a los desarrollados, nada más que ahora con mucha más intensidad que en los tiempos del proteccionismo económico. En todo el orbe, hoy los ricos, países o personas, son más ricos y los pobres más pobres.

Más allá de los abusos de muchos políticos mexicanos, todos merecidamente punibles, las condiciones de zozobra económica y social que padecemos son resultado principalmente de la brutal desigualdad que se insiste en sostener. No puede esperarse una sociedad sana con el actual desequilibrio de beneficios económicos entre el capital y el trabajo.

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