25 de Septiembre de 2018

Opinión

Deudas y más impuestos a los mismos

La recaudación fiscal seguirá siendo insuficiente para absorber los gastos públicos y con pobres estímulos para acabar con la informalidad (ilegalidad).

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Resultó que la tan anunciada e histórica Reforma Hacendaria que el Gobierno Federal publicitara como uno de los grandes detonantes para el crecimiento de la economía nacional y para acabar con los males fiscales de siempre, acabó siendo una polémica Miscelánea Fiscal.

Algunos puntos rescatables los tiene. Eliminar el régimen de consolidación fiscal que beneficiaba a grandes corporativos es uno de ellos. Crear un esquema –todavía no muy claro en sus reglas y en su sustentabilidad– de pensión universal y seguro de desempleo podría ser otro.

Pero resultó pobre en cuanto a lo anunciado. La recaudación fiscal seguirá siendo insuficiente para absorber los gastos públicos, pobres estímulos para acabar con la informalidad (ilegalidad) y ampliar el universo de contribuyentes,  nulos incentivos para la reinversión de utilidades y por ende generación de empleo, inexistente disciplina en el ejercicio del gasto público y no digamos en su transparencia.

Por contrapartida, es una miscelánea que deja ver un alto impacto pero negativo en la llamada clase media. Por ejemplo, el incremento a la tasa de ISR impactará a las empresas medianas y pequeñas, pero sobre todo dañará a las personas físicas (pequeños comerciantes o profesionistas). Ni que decir del IVA a las colegiaturas o el que gravará las hipotecas, la renta y la compra-venta de vivienda.

Eso sí, nada de disciplina fiscal gubernamental. Anuncia el gobierno un déficit fiscal que llegará al 1.4% que significa un endeudamiento de más de 25 mil millones de dólares. Ya conocemos esa historia que en el pasado generó los más grandes males económicos. Esperemos que los legisladores federales corrijan éstos y otros errores e inequidades.

En tanto, si estos son los cambios trascendentes que auguraba el presidente Peña Nieto hace unos días, podemos afirmar como reza un dicho popular: “Que Dios nos agarre confesados”.

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