18 de Diciembre de 2017

Opinión

Diálogo mata violencia

En el espacio en el cual todos somos iguales y a la vez distintos no caben títulos nobiliarios, ni ascendencia imperial, sólo la humildad para consensuar y construir.

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Sin olvidar recientes absurdos del cotidiano devenir, platicaba con algunos compañeros de trabajo y abundamos sobre cómo la vida agitada y el estrés nos transforman de seres pensantes a seres primitivos viscerales. La violencia intrafamiliar, de género, psicológica, verbal y laboral es el pan de cada día. Al final sólo queda rencor y ruptura de la cohesión social.

Manotazo, grito y amenazas son herramientas que en el pasado reciente  funcionaron con el afán de obtener resultados específicos. Creer que por tener la autoridad se puede ejercer el poder violento y manipulador  sobre nuestros hijos o  empleados es, sin duda, una percepción arcaica que dista mucho de la educación y administración del siglo XXI.

Estamos en el centro de una evolución: la evolución de la conciencia. Esta evolución se manifiesta a través del valor creciente que atribuimos al ser humano y en el interés que sentimos por el potencial del individuo. Hemos visto desintegrarse las viejas estructuras de poder a la luz del mayor conocimiento. Ya no consentimos la esclavitud, el abuso contra niños o la agresión física entre semejantes. Estamos cruzando el umbral que va desde un “poder sobre” (dominación) a la realidad de un “poder personal” (reciprocidad y creación cooperativa). Aún nos preguntamos por qué muchos en la edad adulta adoptan modelos inquisitorios e irracionales. 

Fíjate amigo lector  que, a la luz del análisis, en la mayoría de los inquisidores modernos existen desintegración familiar y falta de cariño y/o valores, lo que los convierte en inseguros emocionalmente, con matices que rememoran la bipolaridad.

En fin, lo que sí es una realidad en el mundo moderno  es que aquel formato que atomizaba  el concepto de ser humano integral, pensante y valioso por el ser mismo y lo reducía  a una mercancía cuya etiqueta sólo podía tener  dos caras: buena o mala,  caro o barato  (rico o pobre), patrón-empleado, profesionista o analfabeta y así sucesivamente,  paulatinamente  se va diluyendo.

No hay que olvidar que estos fenómenos sociológicos deben analizarse  con seriedad. Estamos formando a través de los hechos a esa generación  que dentro de pocos  años ocupará nuestro lugar, y no sabremos el daño que les causamos hasta que sus obras del futuro hablen. Estamos a tiempo de modificar ancestrales modelos y desechar formatos rígidos y obsoletos con la excusa de “que en el pasado así se hacía”.  

En el espacio en el cual todos somos iguales y a la vez distintos no caben títulos nobiliarios, ni ascendencia imperial, sólo la humildad para consensuar  y construir. ¡Te lo digo Juan para que entienda Pedro!

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