18 de Noviembre de 2018

Opinión

¡Don Johnny Laboriel, la gente está muy loca!

El mejor de los íconos del rock and roll mexicano. Ajeno a esos chocantes espíritus autocomplacientes de sus compañeros de generación.

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Por supuesto, el mejor de los íconos del rock and roll mexicano era Johnny Laboriel. Ajeno a esos chocantes espíritus autocomplacientes de sus compañeros de generación, el maese era capaz de burlarse de sí mismo no obstante el nivel de su leyenda. Personajazo como pocos, un día entró de improviso en la oficina del viejo edificio de MILENIO, en la colonia Tabacalera, ejecutando su clásica boca bemba e imitando a King Kong en el Empire State. Fue cuando recordé que un día lo entrevistó Verónica Castro para Mala noche no mientras leía La insoportable levedad del ser de Milán Kundera.

Con razón se hizo célebre con su “Rock del angelito”, que parece que es lo que iban cantando aquellos que en vez de entrar a los departamentos de carnisalchichonería de las tiendas para llevar lo necesario en estos momentos de emergencia, decidieron llevarse refrigeradores o plasmas. Una maravilla la rapiña reloaded, porque los refris no eran solo para enfriar chelas, sino para usarlos como lanchas en Kafkapulco.

Don Johnny sabía que la vida es una tómbola, tom, tom, tómbola, por eso esa melodía de luz y de color podría explicar las tragedias pluviales: gobiernos y sociedades que no aprenden y repiten de manera mecánica los mismos errores. Tan fácil que era no permitir que se construyeran grandes asentamientos de lujo y complejos hoteleros en una zona pantanosa cuyos habitantes no tendrían que ser turistas, sino cocodrilos. Ya no se diga algo tan elemental como atender los mensajes de la Conagua y el Meteorológico, que avisaban de los peligros que se aproximaban. Pero ni modo que se perdiera el jugoso negocio del fin de semana patrio, en el que todos decidieron hacerse de la vista gorda al ritmo de la muy laboreliana “Muévanse todos”... y a luchar por la sobrevivencia.

Es como la película Tiburón. El jefe Brody no luchaba contra un tiburón, sino contra la ambición de autoridades y empresarios de la isla, que tenían fe en que el escualo iba a hacerse vegetariano y a dejar de masticar bañistas bailando “La hiedra venenosa”.

Y es que parece que nadie sabe eh, eh, eh, diría don Johnny, que ni los huracanes ni las tormentas son maiceables ni por no arruinar las inversiones se degradan a nivel de briznilla tropical. ¡Don Johnny Laboriel, la gente está muy loca!

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