11 de Diciembre de 2017

Opinión

Dos maestros

Aquellos maestros tenían su centro de trabajo en una ranchería.

Compartir en Facebook Dos maestrosCompartir en Twiiter Dos maestros

Espero que no tengas objeción, viejo, a que yo hable de  aquellos tus tíos maestros, de los que me has contado cómo debían hacer miles de sacrificios, dejar a sus hijos pequeños en la  ciudad y recorrer leguas de veredas entre el monte para llegar a la comunidad donde prestaban sus servicios, le dije al cascarrabias mientras ojeábamos Milenio Novedades a las puertas de su casucha.

Era una de esas tardes frescas y el anciano gruñón me pidió que le prestara un dinero para comprar pan y chocolate porque ya se le había acabado lo de su pensión ($1,800 mensuales, repitió por milésima vez). Es que di coperacha, me explicó, aquí con la vecina para hacer unos mucbilpollos –enterrados-, y como todo está por las nubes, salieron carísimos, pero muy ricos, y  ya no tengo ni un centavo partido por la mitad.

Yo te invito, le dije, y fuimos a la panadería, pero antes pasamos por unas tablillas con doña Sahuita. El mismo preparó la bebida, en batidor de madera, y cortó la pata de queso y tras que dimos  cuenta de ambas nos pusimos a repasar los acontecimientos y fue inevitable detenernos en el espeluznante asesinato de normalistas en Guerrero.

El viejo ya me había advertido hace unos meses que no le parecía la actuación violenta e ilegal de esos muchachos y, como buen emisario del pasado que es, me refirió el caso de sus tíos Manuel y Fina –ellos sí, verdaderos maestros que no andaban en paros ni exigiendo prebendas y que hicieron de la educación su apostolado, me dijo-. 

La historia me pareció digna de contar  y, con la anuencia del cascarrabias, se las comparto:

Aquellos maestros tenían su centro de trabajo en una ranchería. Cuando tenían suerte alcanzaban cupo en el bolankoché tirado por mulas y en el que el zangoloteo les molía los huesos, pero que les permitía llevar algo de víveres. Si no, hacían el trayecto a pie, en medio de la selva y expuestos a mordeduras de víboras venenosas en extremo, como la huolpoch y la cuatronarices. 

Cuando alguno de los cuatro hijos que tuvieron era muy pequeño, debían cargar con él porque en ese entonces el chuchú era obligatorio, pues no había biberones ni pañales desechables.

En el pueblecito, vivían en una casa de paja y embarro. Doña Fina tenía que cocinar en fogón de piedras con leña e ingeniárselas para, además, preparar la clase. Don Manuel, pomposamente llamado director del plantel (el personal eran él y doña Fina), aparte de la labor docente y administrativa, se constituía en juez de paz, consejero matrimonial, componedor de entuertos y enérgico patriarca cuya palabra era siempre la última en cualquier conflicto de vecinos.

Educaron a cientos de niños, se hicieron compadres de medio pueblo y padrinos de la otra mitad. Aún hoy quedan en esa comunidad  algunos ahijados de esa pareja de profesores rurales de excepción. Fueron de los primeros jóvenes en alistarse a la cruzada por la educación que emprendió el presidente socialista Lázaro Cárdenas.

Ante los hechos de violencia de los últimos meses en Guerrero y otros estados, donde “revolucionarios” profesores siembran violencia y cosechan lo mismo, no queda más que decir con el anciano: Sic transit gloria mundi.

LO MÁS LEÍDO

LO MÁS COMENTADO

NOTAS RELACIONADAS

Comentarios

Responder a  Name   
Comentarios
Responder a  Name   
Responder a  Name   
DE:(TUS DATOS)
Nombre
E-mail
ENVIAR A:(DESTINATARIO)
Nombre
E-mail
Comentarios