18 de Septiembre de 2018

Opinión

Dosis de lecturas

La relación medicina-literatura ha sido mucho más fecunda de lo que podríamos imaginar.

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La relación medicina-literatura ha sido mucho más fecunda de lo que podríamos imaginar, no sólo porque en algún momento la abogacía y la medicina fueron las dos únicas opciones profesionales, sino porque más adelante algunos médicos optaron por dedicar sus horas fuera del hospital para escribir y, otros, abandonaron por completo sus incipientes estudios o prominentes carreras por el sueño de convertirse en escritores.  

De los que lograron combinar a la perfección ambas profesiones fueron el dramaturgo Chéjov, quien alguna vez dijera: “La medicina es mi esposa legal y la literatura mi amante”, y Mijaíl Bulgákov;  ambos se inspiraron en sus prácticas médicas para escribir algunas de sus obras, así surge la novela “Diario de un joven médico”, en donde Bulgákov narra la desesperanza de un recién graduado enviado a un pequeño hospital perdido en plena Revolución Rusa. 

De la misma forma que los anteriores, John Keats, Pío Baroja, Sir Arthur Conan Doyle y la excepcional Mary Putnam se dedicaron a la medicina y a las letras, no siempre simultáneamente, pero eso demuestra su peculiar destreza para el manejo del bisturí y la palabra que nos legaron a través de su profundo análisis de la condición humana, el tópico por excelencia en la literatura y que, probablemente, los médicos comprenden a la perfección.

Nuestra tradición en México de galenos escritores se inicia con los jóvenes estudiantes  y entrañables amigos Juan de Dios Peza y Manuel Acuña, el primero abandona sus estudios por dedicarse a las letras y el segundo, bebe cianuro en 1873 despidiéndose así, no sólo de la medicina, sino de la vida, pero nos deja sus apasionados versos del “Nocturno a Rosario”, el paliativo perfecto para un amor no correspondido. 

Otros que también nos recetaron dosis de lecturas son Mariano Azuela, Enrique González Martínez y Elías Nandino, sus obras son verdaderos placebos para la vida. 

Los yucatecos no podían quedar fuera, así en sus ratos libres surgió la inspiración en José Peón Contreras, Eduardo Urzaiz Rodríguez y Luis Alcocer Medina, por ejemplo;  pero son Pedro I. Pérez Piña con “Traficantes del dolor humano”, Alejandro Cervera Andrade, “Anecdotario de un estudiante de medicina” y recientemente, Edgardo Arredondo en “De médico a sicario”, los que han volcado sus experiencias en historias que nos muestran un mundo no tan hospitalario y aséptico al que se enfrentan los de la bata blanca. Indudablemente la literatura va de la mano con la medicina y es que ambas comparten la seducción inevitable de indagar en los resquicios más profundos del ser humano.

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