20 de Septiembre de 2018

Opinión

Ebrard y el PRD

el PRD no funciona como un partido, sino como un enorme agregado de intereses personales de muy bajo nivel político, sin la mínima atención a desarrollar el programa que propone a la sociedad.

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Hace días, el PRD negó a Marcelo Ebrard una candidatura de representación proporcional a diputado federal. La explicación desde el partido es, en síntesis, que ahí las candidaturas se votan, que para ganarlas no cuenta el “pedigree” (sic) y que el ex jefe de gobierno del D. F. no se ganó los votos suficientes.

Negar esa candidatura carece de todo sentido organizacional. ¿Cuántos militantes de ese partido tienen la presencia pública de Ebrard? ¿Cuánto esfuerzo político -campañas electorales, ganar la elección de jefe de gobierno- y económico, cuánto tiempo y cuánto trabajo humano tiene que invertir un partido para construir una figura pública como la de Ebrard? Sin embargo, en el PRD se trata estrictamente de un asunto de aspiraciones personales y fuerza electoral interna para lograrlo. El que el ex gobernante no alcanzara un lugar en la lista es valorado como un problema personal y no de partido.

Esto es consistente con la dinámica de un PRD en el que las candidaturas plurinominales se deciden sin ninguna valoración política del órgano elector -el Consejo Nacional-, sin consideración ninguna por las capacidades de los aspirantes, y sin una perspectiva temporal de formación y desarrollo de dirigentes políticos. Lo mismo se desecha a figuras consumadas, que se mata en la cuna a cuadros potenciales. De esta forma, la votación no es el acto democrático con el que culmina un proceso de reflexión y debate del que resultan distintas posiciones sobre las mejores alternativas políticas para el partido y la sociedad.

Es una estricta medición de fuerzas, al margen de cualquier razonamiento o debate programático o social, entre un conjunto de grupos muy pequeños -federados, confederados y aliados en las distintas corrientes que forman el PRD- que disputan las candidaturas en función de sus posibilidades de colocar a un candidato propio, al margen de los intereses del partido y de los ciudadanos que votan por él. En el circo romano de la sesión de elección de plurinominales no hay argumento que valga, ni más mérito que la fuerza electoral interna, que no la pública.

De esa forma, el PRD no funciona como un partido, sino como un enorme agregado de intereses personales de muy bajo nivel político, sin la mínima atención a desarrollar el programa que propone a la sociedad.
Lamentable.

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