22 de Septiembre de 2018

Opinión

Educar para la libertad

Si no aprendemos a respetar los deseos del otro, a hablar libremente de ello, a educar a favor de la libertad y la diversidad, entonces… ¿a dónde vamos?

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El teatro para niños ha alcanzado importantes niveles de diálogo con respecto a las preguntas y miedos que persiguen a los pequeños. Es loable que la Coordinación nacional de teatro y el Programa nacional de teatro escolar del INBA apuesten por obras que hablan sin censura. Antonio Zúñiga y yo somos parte de esa programación con “Memorias de dos hijos caracol”.

La historia de una yucateca que se va a Juárez y un chihuahuense que vive solo con su mamá se une a las obras que hablan de los temas “tabú” sin minimizar el pensamiento de los niños. Toto y Coco son amigos; ella sólo quiere que algo en su vida sea para siempre, pues con tantas mudanzas sus amigos son temporales.

Él tiene un papá temporal. En algún punto, deciden ser novios, pero el niño confiesa que le gustan los niños, le pide a su mamá que le regale unos zapatos de niña. Toto, como cualquier niño de su edad, juega a ser  gato, perro, guajolote o mariposa. Al final, sabemos que los zapatos de niña los quiere para regalárselos a su amiga.

El sábado pasado, cuando Toto dijo que le gustaban los niños, se oyó un abucheo en la sala. Un papá se levantó y sacó  a su hijo del foro. El pequeño sólo preguntaba: ¿a dónde vamos papá? Nunca en la historia de la obra -más de 80 funciones- habíamos tenido una reacción como ésa.

Es penoso que haya gente que crea que la homosexualidad es contagiosa,  que si un niño ve una obra que hable del tema se va a volver homosexual. A nadie le molesta que los niños vean obras o programas donde sale un “jotito” chistoso a divertirnos. ¿O sea que reírnos de los gays los hace inofensivos o no hay que tomarlos en serio?

Los adultos elijen qué ven sus hijos, no les preocupa que en las calles haya afiches de mujeres semidesnudas anunciando revistas para caballeros, que vivan pegados a la chatarra televisiva, que los vean pelear o beber en casa, pero sí les indigna que un personaje haga referencia sobre la libertad sexual.

Se supone que somos una sociedad más abierta a la diversidad, ya son legales los matrimonios entre parejas del mismo sexo. Pero si no aprendemos a respetar los deseos del otro, a hablar libremente de ello, a educar a favor de la libertad y la diversidad, entonces… como dijo el niño que fue sacado abruptamente del teatro: ¿a dónde vamos? Yo no sé de ninguna obra que haya convertido en gay a nadie y es que el teatro no nos convierte: nos refleja.

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