11 de Diciembre de 2017

Opinión

Ejemplo de autoridad

Bien dicen que los niños son el presente, lamentablemente, a veces el presente no es el mejor para ellos...

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Bien dicen que los niños son el presente, lamentablemente, a veces el presente no es el mejor para ellos. No es raro escuchar y ver en los eventos cívicos como el Día de la Independencia, a mujeres, en su mayoría humildes, que se acercan a los soldados, a los marinos y a los policías, federales o municipales, para pedirles una fotografía con sus hijos.

Doña Clara es una de esas mujeres, que en los eventos cívicos se acerca a las autoridades junto con sus pequeños para tomarse alguna fotografía, para que sus hijos tengan una imagen con ese a quien admiran. Ella, con una sonrisa en el rostro, dice que sus pequeños quieren ser soldados, marinos o por lo menos, policías; admiran a los hombres que se encargan de hacer valer la ley.

Qué cosas, dirían los mayores, cuál sería el pensar de esos pequeños si ante sus ojos se reprodujera aquel video, donde policías municipales se llevan a los normalistas, en el tan sonado y presente caso Ayotzinapa. No cabe duda que cuando una persona se pone el uniforme de cualquier institución forjada para hacer valer la justicia, no sólo tiene la responsabilidad de cumplir a cabalidad, sino de ser un buen ejemplo, uno de autoridad, aquel que los niños puedan admirar y emular, y que no confunda a los pequeños y los haga aspirar a ser ladrones o matones disfrazados de policías.

Un uniforme trae consigo un gran peso, el de la moralidad, la honestidad y el civismo, pilares que con el pasar de los tiempos se han ido desgastando, peor aún, se han transformado en casos de corrupción, situación a la que sólo algunos pocos escapan y que si así lo hacen, tarde o temprano caen víctimas de alguna “bala perdida” de la delincuencia.

A pesar de todo ello, aún queda la esperanza de que la honestidad perdure en algunos oficiales, y que éstos se conviertan en el virus positivo que infecte y degrade toda la corrupción que impera en algunas instituciones, para que con el pasar del tiempo, más niños, así como los de Doña Clara, puedan ver con ilusión a esos héroes de carne y hueso que velan por la seguridad de los ciudadanos día con día.

Sólo así podremos decir que los niños de hoy son el presente de México, en un presente adecuado, en un presente que al final de cuentas sea el cimiento correcto para un mejor futuro, uno donde la corrupción, la cual nunca será erradicada producto de la compleja naturaleza humana, podrá ser controlada, y donde las historias como la de los 43 normalistas de Ayotzinapa, se conviertan tan sólo en historias dolorosas que nunca se volverán a repetir. 

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