12 de Diciembre de 2017

Opinión

El amor en tren

Don Enrique comenzó a tejer maquiavélicos planes para conquistar el corazón de aquella beldad, de nombre Asunción Espinosa.

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Viejo tienes tus fans, le dije al cascarrabias, tratando de alegrarle el día. Estaba hecho un basilisco, con su cara de ta, porque -me explicó en medio de una explosión de palabrotas de grueso calibre- estaba bajando de la combi de la Emiliano, cuyo chofer no le hizo caso (venía oyendo música a todo volumen) y en vez de darle parada donde pidió lo hizo dos cuadras después. ¡Qué fans ni qué fans!, me gritó. Ya estoy harto de todo, un día de éstos me vas a encontrar con una bala en la sien porque me voy a matar. Se que no lo va a hacer porque ni siquiera tiene pistola y lo más mortífero que ha usado es un tirahule, pero en fin…

Cálmate y te cuento, le pedí. Tus relatos del tren y lo que te conté hace una semana de aquel amigo que nos corrigió sobre el derrotero del que llevaba a Peto motivaron al Dr. José Cerón –el que nos daba útiles consejos A flor de piel y que esperemos que lo vuelva a hacer pronto- a buscarme para decirme que su papá, don Enrique Cerón Avila, es tu seguidor y cada sábado lee lo que de ti escribo. Y me contó algunas cosas que creo debes saber.

Resulta que don Enrique era exprés en Tekax –aquellas personas a las que se les encargaban las compras de ciertas cosas o trámites en la ciudad y que todos los días muy temprano venían en el tren y se iban de la misma forma en la tarde con los tenates cargados de mercancías- y en uno de sus múltiples viajes a Mérida vio en un vagón a una muchacha que le llenó la pupila. Supo que era de Peto y se llamaba Asunción Espinosa Maldonado y, para su fortuna y alegría, era soltera.

Don Enrique comenzó a tejer maquiavélicos planes para conquistar el corazón de aquella beldad y, como buen Cerón que es, usó sus dotes de conversador ameno y su audacia de galán, para llegar hasta ella y comenzar el cortejo. Mucho tuvo que ver en el éxito de los afanes amorosos de don Enrique su padre, don Enrique Ávila Vázquez, un ameritado maestro tekaxeño del que debemos hablar tú y yo pronto. 

En algún viaje que don Enrique, el maestro, hizo a Peto, le pidió a Enrique que lo acompañara y a éste le encantó la idea, sobre todo porque él y su Dulcinea ya tenían planes de dar el siguiente paso y le pareció que era buena ocasión de que sus padres se conocieran.

¿Te acuerdas viejo que en los bailes de nuestras poblaciones había lo que se llamaba ambigú, donde se vendían cervezas y sándwiches de pavo en escabeche? El joven Enrique invitó a la hermosa Asunción al baile y esa noche en especial estaba nervioso y preocupado porque quería que su padre causara buena impresión al de la novia.  

En el breve receso de la música llevó a Asunción al ambigú y sorprendido halló juntos en una mesa bebiendo cerveza a don Enrique y al papá de la joven dueña de su corazón. Eran grandes amigos y eso facilitó mucho las cosas hacia un matrimonio que ya cumplió más de medio siglo de felicidad y es tronco de una familia ejemplar.

Al viejo se le llenaron los ojos de lágrimas. Ya les he dicho que es un corazón de azúcar disfrazado de malo. Entre sollozos, alcanzó a decir: Oh tempora, oh mores! (¡Oh tiempos, oh costumbres!) y me repitió su consabida frase:  Sic transit gloria mundi.

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