18 de Diciembre de 2018

Opinión

El arte de perdonar y perdonarse

Perdonar no es olvidar ni sentir en nuestro interior alegría al ver a nuestro ofensor, perdonar es lograr desear el bien y la paz para quien te dañó.

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Para Lily

Todos hemos tenido la oportunidad en esta vida tanto de perdonar como de ser perdonados, fallar o que alguien nos falle es propio de la realidad humana, por eso en diversos momentos de nuestra vida nos hemos visto en la necesidad de perdonar o de ser perdonados. Uno podría pensar que por ser una situación tan común para los seres humanos, deberíamos tener ya cierta habilidad para perdonar o en su caso saber aceptar el perdón de otra persona; el hecho es que es relativamente común que este proceso acabe generando tensiones y conflictos en nuestro interior.

Ante la ofensa recibida, por regla general surge un sentimiento de rechazo  y de odio hacia el ofensor, debido a lo difícil que puede ser llevar una sana convivencia en un ambiente tenso, tanto la sociedad civil como la religión han de alguna manera estigmatizado el hecho de sentir odio, declarando que no debemos sentir odio. Parece ser que se les olvida que los sentimientos surgen en el ser humano y que la moralidad no está en sentir o no odio, la moralidad reside en ¿qué es lo que hacemos con el odio que sentimos? Los sentimientos son amorales, no pueden ser juzgados por la moral, pero lo que ésta sí juzga son los actos y el producto de ellos como una acción moral o inmoral.

Ahora bien ¿a quién deberíamos perdonar?  En realidad es necesario perdonar a todos por muy diversas razones, pero para perdonar se requiere una disposición interna que no siempre tenemos. Un viejo amigo me insistía en que había que perdonar a todos aquellos que lo soliciten e insistía en que para facilitar el proceso es muy importante considerar lo siguiente: en realidad es prácticamente imposible saber lo que una persona guarda en su corazón y en ocasiones ni siquiera podemos explicar lo que sucede en el propio; entonces, ¿cómo se podría tener la seguridad absoluta de que es posible juzgar los actos de alguien con total certeza? Si acaso la única persona de la cual podríamos asegurar las intenciones es de nosotros mismos y aun eso se podría llegar a dudar.

Entonces, ¿cómo no verse en la necesidad de perdonar, si no podemos afirmar categóricamente que conocemos el interior de la persona que nos ha ofendido? Pero ésta no es la única razón para perdonar, necesitamos perdonar para dejar de cargar en nuestra alma el daño recibido, porque perdonar tiene la terapéutica consecuencia de disminuir en nosotros el dolor por la ofensa.

Perdonar no es olvidar, perdonar no es sentir cariño, perdonar no es sentir en nuestro interior alegría al ver a nuestro ofensor, perdonar es lograr desear el bien y la paz para quien te dañó, porque al hacerlo te libras de la tiranía que la amargura ejerce sobre ti cuando no has logrado perdonarlo; perdonar es lograr abrir las puertas de tu futuro libre de la constante amargura que el odio y el rencor te hacen desayunar día tras día; perdonar no sólo le trae paz al perdonado, perdonar reconcilia con la vida y la felicidad a aquellos que se vieron torturados  por esta dinámica de ofensor, ofensa y ofendido.

Se perdona no sólo para traer la paz espiritual al ofensor, sino para eliminar el veneno que la ofensa depositó en tu interior y que al no expulsarlo va corroyendo día a día tu paz y tus posibilidades de futuro.

Pero aún queda uno de los procesos de perdón más arduos: el perdón a sí mismo, ya que nuestra conciencia en innumerables ocasiones es un juez duro e implacable, porque puede el amigo haberte perdonado, puede la esposa haber superado aquel problema del cumpleaños, puede el padre haber dejado en el pasado el insulto del hijo en la discusión del sábado, pero el severo juez de la conciencia no acepta la ley de otros, sino la suya propia y cobra inevitablemente y con altos intereses aquello que considera que debe ser cobrado.

Recuerdo el caso de una mujer que, después de someterse a un aborto, ha suplicado el perdón de su familia, el de su esposo, el de los sacerdotes y cómo, a pesar de haber recibido el perdón de Dios, el implacable juez de su conciencia la sigue culpabilizando y no se permite el perdón a ella misma. Dios es amor y el amor es perdón, hay que tener también la humildad de saber aceptar el perdón de 
Dios y de los hombres y no permitir a tu conciencia usurpar la posibilidad del perdón concedido por nuestros hermanos hombres y por Dios mismo.

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