20 de Octubre de 2018

Opinión

El beso del agua

El anciano gruñón recordó el viaje en el que conoció lagunas majestuosas de prístinas aguas en las que le gustaba mirar su rostro distorsionado.

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El anciano gruñón se quedó acostado en su hamaca. Como no tenía a nadie a quien rendir cuentas y tampoco necesitaba mucho para subsistir –ya se ha dicho que, cuando se abstraía, dos plátanos (manzanos) al mediodía y agua eran suficientes durante varios días-, a veces permanecía en estado de cuasi latencia (se coagulaba) y se dejaba llevar por las ensoñaciones y la nostalgia.

Ese lunes despertó con la gana de dejarse sobar el alma por los recuerdos. Y eligió uno que le era  caro: el de aquel viaje que hizo con su padre a lo que entonces se llama la zona maya,  donde pueblos perdidos en la selva rumiaban su rabia contra los blancos que los obligaron a sumirse en la verde espesura, pero que nunca los derrotaron. 

Algún día les contaré lo que el viejo –que entonces era un crío de siete años- vivió en medio de las ruinas de una civilización que prefirió el destierro a la humillación.

Arrellenado en la suave concavidad de la red “de cuatro cajas” que lo acariciaba, el viejo rememoró  el viaje que duró cinco días a lomos de una mula colorada, de mansedumbre franciscana  y andar pausado, en medio de bellezas naturales sin fin. 

Conoció lagunas majestuosas de prístinas aguas en las que le gustaba mirar su rostro distorsionado por las suaves olas y de las cuales, bajo la supervisión de su padre que sabía dónde sí y dónde no poner pie en cada centímetro de la virgen espesura que rodeaba los infinitos mantos de agua verdeazul, se dejaba acariciar cada pedazo de piel.

Sintió estremecerse cuando le vino a la mente el recuerdo de una noche, en el jato chiclero donde se refugiaron él y su experto guía y mejor padre. 

Tras cenar un pedazo de tasajo y un poco de café, subió a su hamaca, colgada en lo más alto de la choza para evitar el ataque de alimañas terrestres, y oyó a escasos metros el potente rugido del jaguar, amo y señor de la noche y de la selva. 

Recuerda  todavía la risa de aquel hombre al que siempre admiró y la ternura con que lo abrazó.

Aún resuena en sus oídos el poderoso grito del enorme saraguato que se les apareció colgado de un árbol (entonces supo por qué le llaman mono aullador) y espantó a la mansa mula en la que iba montado. No se diga a la arisca, negra acémila en la que viajaba su padre, quien contrabajo pudo controlarla.

Todo eso ensoñaba hasta que una voz lo devolvió al mundo. Era el cobrador del agua potable que venía a restregarle que ya debía varios meses y se exponía a un corte.

Sic transit gloria mundi, se dijo y se levantó a decirle que nomás le depositaran su pensión (de $1,550) iría a pagar.

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