18 de Diciembre de 2018

Opinión

El capitán Enrique

Los viejos marinos dicen que un comandante puede ser una fuerza del bien o una fuerza del mal.

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“Es momento de soltar amarras y conducir a México hacia el rumbo correcto (...), trabajar juntos para llevarlo al puerto de la paz (…) y de la prosperidad “. Así se expresó el  presidente Enrique Peña Nieto el pasado Día de la Marina.

Siguiendo las metáforas marineras, soltar amarras es una de las maniobras más fáciles  a bordo; lo difícil es cumplir la misión, regresar y atracar en puerto seguro y entregar el  buque al relevo en mejores condiciones que cuando se recibió.   

Durante la travesía, constantemente se pierde el rumbo, hay que corregirlo echando mano de los conocimientos de navegación, ello le permitirá sortear mares embravecidos que amenacen la nave si no se tienen el valor y la preparación; esto sólo se adquiere con muchas singladuras… y apenas vamos levando anclas.

Para conducir este gran navío llamado México y cumplir las ocho líneas de acción que trazó en su carta de navegación para impulsar al sector marítimo-portuario, el comandante  Enrique requiere de hombres preparados y disciplinados “que no se dobleguen ante ningún temporal y que naveguen siempre con la mirada en el horizonte”.

Si el objetivo es “hacer del país un ejemplo mundial de progreso y prosperidad, que le permita desplegar su máximo potencial”, su segundo de a bordo debe transmitir las órdenes y vigilar que se cumplan; que su grupo de comando tome decisiones y asuma responsabilidades. 

Debe prever que el buque esté bien avituallado y cuidar del confort y bienestar de aquellos bajo su mando: una tripulación da su mejor esfuerzo en las maniobras y zafarranchos cuando está convencida de que tiene un buen líder. 

Pero para guiar, el comandante debe  saber, porque puede engañar a sus hombres algunas veces, mas no todo el tiempo.

Los viejos marinos dicen que un comandante puede ser una fuerza del bien o una fuerza del mal. Conducir un gran navío requiere que conozca su trabajo, conozca a sus hombres y se conozca a sí mismo, sólo así podrá navegar con “buenos vientos y buena mar”.

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