20 de Mayo de 2018

Opinión

El defecto de la verdad

Las verdades deben ser dichas en el momento adecuado, en la mejor forma posible y permitir el tiempo necesario para que sean comprendidas.

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Como casi todos, yo también he tenido la oportunidad de escuchar en múltiples ocasiones las quejas de muchas personas acerca de los defectos de quienes les rodean, así he podido saber de los defectos de innumerables padres de familia, esposos, hijos, maestros, novias y en general de un gran número de personas; no pocas veces me he quedado pensando si en realidad todas esas historias sobre ese marido casi siniestro, aquella esposa por demás incomprensiva o estos hijos tan abusivos y poco tolerantes serán siempre así como me las cuentan o son así porque así son vistas. ¿Las historias reflejan la realidad o reflejan la mirada de quien las narra?

Tener en cuenta que no hay nadie sin defectos sería una sana medida al tratar de hablar de los demás. Un ser humano sin defectos existe generalmente sólo bajo la mirada de unos ojos enamorados, la realidad por su parte insiste en meternos por los ojos las evidentes imperfecciones humanas de quienes nos rodean; ante esto es imperativo hacer conciencia de que cada uno de nosotros ha de batallar contra sus propias miserias y que en la convivencia diaria quienes nos rodean nos harán un gran favor ayudándonos a superarlas, pero también comprendiendo que, humanos como ellos, no estamos exentos de defectos, que sano sería comprenderlos y que esto no necesariamente significa excusarlos. 

Todos nosotros podemos llegar a reconocer nuestra realidad y trabajando en nuestras zonas obscuras podremos limitar las consecuencias de nuestros defectos, limar los aspectos más negativos de los mismos, pero entendiendo que difícilmente lograremos extirparlos del todo de nuestra vida diaria. 

Tendremos pues que saber aceptarnos a nosotros mismos con nuestra carga de virtudes y defectos, esto no significa no luchar contra ellos, lo que significa es que en esta diaria labor debemos estar muy conscientes de que los seres humanos somos perfectibles mas no perfectos, que por ello podemos y debemos aspirar a la perfección, pero recordando que perfectos no lograremos ser, al menos en esta vida.

Aquilatar las virtudes de quienes nos rodean les ayudará a sentirse comprendidos, apoyados y aprobados; de esta manera obtendrán una mayor fortaleza para luchar contra sus limitaciones. Un moralista y ensayista francés afirmaba: “Cuando mis amigos son tuertos, yo los miro de perfil”, remarcando de esta manera la importancia de la comprensión ante los defectos de los demás, evitando la muy extendida y poco considerada costumbre de “decir la verdad”. Creo que todos hemos tenido la oportunidad de que nos digan: “Te voy a decir la verdad” para escuchar seguidamente una serie de majaderías con las que nuestro querido interlocutor pretende ilustrarnos sobre la gravedad de nuestros defectos.

Y es que sí existe gente maravillosa especialista en decir la verdad de la manera más descarnada posible, sin la menor consideración con quien escucha y además presume de su falta de tacto y de piedad, como si fuera una virtud decir lo que se piensa con la mayor brutalidad posible para el que escucha. Estas conductas meten en problemas en no pocas ocasiones a aquellos que las practican, ya que, si bien pueden tener razón, se rechaza no la idea sino la forma de exponerla. Es frecuente que estas personas más que amar la verdad amen aplastar con la verdad. Si no mal recuerdo fue el papa Paulo VI quien afirmó que “una verdad dicha sin piedad es menos verdad”, enfatizando que la verdad debe ir acompañada de una buena disposición hacia quien la escucha.

Por ello a través de la historia tantas verdades han sido rechazadas, no tanto por lo que decían sino por la forma inmisericorde de ser dichas. Otro papa afirmaba: “Todo puede decirse siempre que se sepa decir, siempre que se diga con amor, caridad y cortesía”. Por ello las verdades deben ser dichas en el momento adecuado, en la mejor forma posible y permitir el tiempo necesario para que sean comprendidas. De otro escritor leí: “Hay que atreverse a decir la verdad entera sin añadirle el placer de hacer daño”. Procedamos con los defectos del prójimo con la misma delicadeza, amor y consideración que nos gustaría que tengan con nosotros.

Mucho bien nos haría entender, aceptar y volver parte de nuestra vida que la verdad une no divide, la verdad ayuda a engrandecer a quien la recibe y que eleva por sobre la insensibilidad y la autosuficiencia a quien la expresa, haciéndolo un mejor ser humano.

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