21 de Enero de 2018

Opinión

El derecho a leer

En nuestro país se lee poco y mal porque desde la primaria se enseña a leer poco y mal.

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El acceso a la lectura es, indiscutiblemente, un derecho de todo ser humano. Y promover la lectura es un deber de los gobiernos, tanto estatales como nacionales. Inclusive se ha señalado un Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor que se celebra todos los años el 23 de abril, para fomentar la lectura, la industria editorial y el derecho de autor.

Hasta la aparición de la imprenta, la lectura fue cuestión de unos pocos. Pero de los tiempos que conocemos como Renacimiento a nuestros días, se ha venido ahondando la comprensión de que leer es un derecho humano inalienable, y que su ejercicio no sólo enriquece al individuo sino a la colectividad de la que forma parte.

Sin embargo estamos muy lejos de vivir en un país y un estado de lectores.

Que la Universidad Autónoma de Yucatán, con el apoyo de autoridades estatales y municipales, esté celebrando, del 9 al 17 de marzo, no una feria más del libro sino una Feria Internacional de la Lectura demuestra la voluntad de una institución académica de subrayar la necesidad que existe en el Estado y en el país entero de ejercer realmente el derecho a leer.

Desde luego que invitar a leer es fundamental. Tanto como recordar aquellas palabras tan citadas de Borges:

“El verbo leer, como el verbo amar y el verbo soñar, no soporta el modo imperativo... La lectura debe ser una de las formas de la felicidad y no se puede obligar a nadie a ser feliz”.

Pero no basta con invitar a leer o convencer de que la lectura es productora eficaz de compañía y felicidad, además de instructiva y educadora. Es necesario llegar a la raíz misma del problema: en nuestro país se lee poco y mal porque desde la primaria se enseña a leer poco y mal.

La labor del maestro normalista, que debería ser la más prestigiada de la sociedad, goza de menos prestigio, por ejemplo, que la de un taxista. El apostolado del magisterio es víctima de líderes charros, programas anti humanistas y desprecio de la sociedad a la que sirve. 

Si las reformas que, en buena hora, han pasado a la Constitución no se reflejan en leyes que eleven la calidad y el prestigio de nuestros maestros, hablar del inalienable derecho a leer será simplemente una utopía.

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