19 de Julio de 2018

Opinión

El doc, el viejo y La Balsa

Oye, me preguntó, ¿te acuerdas que el café La Balsa tenía un pórtico de piedra labrada muy bello, de esos que, dicen los que saben, es –o era- churrigueresco? ¿Dónde habrá acabado?

Compartir en Facebook El doc, el viejo y La BalsaCompartir en Twiiter El doc, el viejo y La Balsa

El médico, su amigo de toda la vida, estaba extrañado de no tener noticias del viejo cascarrabias. ¿Será que está en uno de esos lapsos en que se sume en sus recuerdos y no hay poder humano que lo saque del marasmo intelectual?, me preguntó.

Me lo encontré en la calle 65 del centro, por donde estuvo el café La Balsa, y nos paramos a conversar bajo el sol (este doctor es de un talante encantador, con un sentido del humor muy peculiar y su característica principal es que es muy distraído, al grado de que alguna vez, cuando iba a  hacer un trámite, yo le tuve que recordar que su madre se llamaba doña Irma), sudando copiosamente y apenas protegidos yo por mi sombrero y él por una boina de estilo gallego. A su proverbial amabilidad, el galeno suma una cualidad que me parece extraordinaria: le fascina el chisme, igual que a mí, de modo que nos enfrascamos en la plática con facilidad.

Oye, me preguntó, ¿te acuerdas que el café La Balsa tenía un pórtico de piedra labrada muy bello, de esos que, dicen los que saben, es –o era- churrigueresco? ¿Dónde habrá acabado? ¿No será que en la casa de algún político? No, le dije, está en el atrio de la iglesia de Santa Lucía, pero tú, como eres tan distraído, seguro ni te has dado cuenta (el doc pasaba mucho por ese templo que está en la calle 60 porque cerca vivía su tío Amílcar, un neumólogo que murió de tanto fumar). Los que no sé dónde acabaron son su magnífico zaguán y las pinturas que había allá (eran de importantes clientes –intelectuales de la época- que lo frecuentaban y que se perdieron cuando fue demolido en los años 70).

Alguna vez, en mis lejanas mocedades –soy más o menos coetáneo (quiere decir de la misma edad) del doc y el anciano gruñón, por eso los conozco a ambos y se de su amistad entrañable-, me asomé a ese café y recuerdo que era una fila interminable de mesas llenas de viejos sumidos en sus respectivas alharacas, fumando como poseídos (algunos puro)  y bebiendo grecas a destajo. Parecía un xux de avispas.

Dicen los enterados, sin embargo (uno de ellos el maestro Roldán Peniche Barrera), que en ese café se hacían transacciones importantes porque era concurrido por banqueros y hacendados. Lo que yo recuerdo es que había muchos enflusados (era la moda entonces entre los pudientes de Yucatán andar con traje de lino y sombrero de pajilla)  que daban la impresión de ser muy circunspectos, y que no cualquiera podía entrar al negocio.

Como el sol ya me había calentado la cabeza, me despedí del doc –antes le indiqué que el viejo seguro estaba tirado en su hamaca refunfuñando-, le dije: Ya hablaremos más del tema, y me fui pensando igual que el cascarrabias: Sic transit gloria mundi…

LO MÁS LEÍDO

LO MÁS COMENTADO

NOTAS RELACIONADAS

Comentarios

Responder a  Name   
Comentarios
Responder a  Name   
Responder a  Name   
DE:(TUS DATOS)
Nombre
E-mail
ENVIAR A:(DESTINATARIO)
Nombre
E-mail
Comentarios