15 de Noviembre de 2018

Opinión

'El dolor, un fiel compañero'

Sólo podemos hacernos una idea de lo que sufre otra persona porque recordamos nuestra propia experiencia del sufrimiento.

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Hace cuatro años sufrí de osteoartrosis en la rodilla izquierda, y después de una operación y meses en terapia física he aprendido a convivir y a conllevar el dolor, el cual es un fiel compañero.

Tenemos que entender que todos sentimos diversos tipos de dolor a lo largo de nuestra vida, y eso nos hace comprender el sufrimiento ajeno. Esa empatía nos conecta con los demás y nos impulsa a actos de afecto y solidaridad.

El dolor es una experiencia indefinible. Mas allá de parámetros fisiopatologícos, de neuro tramsmisores, de sustancias para calmar o tratar el dolor, sólo podemos hacernos una idea de lo que sufre otra persona porque recordamos nuestra propia experiencia del sufrimiento. No podemos vivir sin dolor porque vivir implica, ante todo, sentir, es decir, comunicar nuestros sentimientos con los demás.

Pero, ¿es posible escoger a la carta aquello que queremos sentir: felicidad, amor o diversión, y evitarnos los sentimientos desagradables, penosos, o dolorosos? La respuesta es no.

Podemos luchar contra el dolor con fármacos, electroterapia o bien cirugías cuando es insoportable y nos va desgastando. Pero no podemos olvidar que si no aceptamos el dolor y el sufrimiento vamos a dejar de conectarnos con las emociones de la vida.

Como médico he aprendido que el dolor forma parte de los mecanismos de protección y curación: es una señal de alarma física que nos ayuda a prevenir o a localizar accidentes y dolencias, que tiene el cuerpo humano.

También el dolor es como una sacudida emocional, la cual nos permite distinguir la luz de la oscuridad, la fuerza de la debilidad, la acción de la pasividad, y el placer contra el dolor.

Mi madre tenía una frase cuando le rezaba a Dios, ella decía: “Señor, dame alegría en el sufrimiento”. Y así es, porque Dios nos da la fortaleza, la aceptación, y su amor como terapias contra el dolor.

Existe otro dolor; el dolor social. Es una emoción que nos conecta con los otros, nos ayuda a sentir el sufrimiento de los demás y se comporta como una alarma social que nos alerta de injusticias, del sufrimiento colectivo de peligros para la comunidad y de catástrofes para la humanidad.

Compartir el dolor ajeno ya es una forma de aliviar al otro; una fuerza que nos impulsa a ayudar, a cooperar, a participar en causas colectivas y luchas sociales. Es una forma de luchar contra la indolencia, esa pasividad de mucha gente de ser ciega ante el dolor ajeno.

En esta Cuaresma podemos compartir nuestro dolor con Cristo. Eso hará que se vuelva medio dolor. Acompañando a Jesús en su calvario sacaremos fuerzas para compartir y conllevar su dolor y nuestro dolor.

Sí, el dolor es un fiel compañero. Hay que aprender a llevarlo, aceptarlo y buscarle un alivio, pero nunca sucumbir con una resignación pesimista. Hay que buscar la fortaleza en Dios, él cual nos la da con su pan, su palabra y su amor.

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