12 de Diciembre de 2018

Opinión

El escritor más grande

Reto a los aficionados a postular primeros lugares en literatura a que nos digan quiénes son, según ellos, los segundos y los terceros lugares, a ver si tienen el valor y su clarividencia alcanza.

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En la apoteosis del panegírico llega uno a escuchar, en este año de centenarios, que “Octavio Paz es el más grande escritor de la historia de México” y de ahí para abajo. Me ruborizo sólo de escucharlo como se ruborizaría -supongo- el gran escritor. 

Como la pena ajena es instantánea e involuntaria, incomoda sólo recordar -al azar y espontáneamente- a Alfonso Reyes, ese árbol complejo y monumental que dice de sí: “Me quise sobrio, me fingí sereno, / me dictaba sus máximas Horacio, / dormí velando, festiné despacio, / ni muy celeste fui, ni muy terreno”. 

En el recuerdo automático sigue el José Carlos Becerra del otoño que recorre las islas, a quien Hugo Gutiérrez Vega despide en su muerte prematura: “…aprendimos con gozo a amar los ojos con que  veías el mundo”; e inmediatamente, en una asociación inevitable, los “azules tan azules que se caen de morados” de Pellicer; la geometría de Sor Juana o la voz de la única Diosa que no ascendió, sino que descendió de los cielos, Pita Amor; y así, en navegación con piloto automático, por el archipiélago extendido de arrecifes, llanuras, selvas, ríos y montañas que es la literatura mexicana. 

Es la costumbre humana de la prosternación y la costumbre estatal y religiosa de divinizar y honrar, que la sociedad postindustrial y amorfa relanza con “score”, “rating” y podio, supongo que bajo el estándar de considerar sólo los tres primeros lugares como merecedores de medalla, lo que, supongo otra vez, rebaja al resto de los mortales inscritos en estas competencias a esa condición incómoda que en México se describe con la frase de “¡ya te llevó la malinche!”, sustituto eufemístico de la universal definición de desastre que en México empieza con la desaparecida “che”, que no alcanzó a sobrevivir a las últimas reformas ortográficas y que también puede sustituirse con palabras que comienzan con letras sobrevivientes del alfabeto, por ejemplo, con “te” de “la tostada” y con “efe” de “la fregada”. 

Y, paréntesis, qué bonito poder hablar de “reforma ortográfica” y no de las más rudas reformas política, hacendaria, religiosa, educativa, etc., como polemizan en MILENIO NOVEDADES don Martiniano Alcocer y el médico de cuerpos y almas, excelente escritor, don José Cerón, al calor e inspiración de las provocaciones gramaticales de ese otro finalista de las competencias literarias que fue Gabriel García Márquez, Gabo para sus cuates.

Como sea, reto a los aficionados a postular primeros lugares en literatura a que nos digan quiénes son, según ellos, los segundos y los terceros lugares, a ver si tienen el valor y su clarividencia alcanza.

Y así, entre coronas de laurel y vivencias personales, tan coloquialmente cultivadas en la literatura mexicana, otras palabras del maratonista Alfonso Reyes: “Amapolita morada / del valle donde nací: / si no estás enamorada, / enamórate de mí… / Aduerma el rojo clavel / o el blanco jazmín de las sienes; / que el cardo es sólo desdenes, / y sólo furia el laurel”.

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