22 de Septiembre de 2018

Opinión

El fin último de las marchas

El asesinato contra la joven de 19 años, Karen Carrasco Castilla, ocurrido hace unos días en la región 217 de Cancún, cimbró a toda la sociedad...

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El asesinato contra la joven de 19 años, Karen Carrasco Castilla, ocurrido hace unos días en la región 217 de Cancún, cimbró a toda la sociedad. No es para menos ante un acto abominable, tan aborrecible como este. No es el primero, y desde lo de Karen cunden los rumores sobre acontecimientos similares. Un recuento, o reiterar los detalles macabros del suceso, duele como si fuera padecido en carne propia.

Las reacciones son diversas, pero desde la familia hasta el ciudadano común, pasando por las autoridades de la Universidad del Caribe (donde estudiaba), coinciden en que, además de justicia, debe evitarse una tragedia más. Algunos se organizan para este domingo, cuando marcharían para levantar la voz. Es un derecho, casi una obligación dados los antecedentes y las circunstancias, y pese a las restricciones o las limitaciones de un movimiento así.

Las manifestaciones tienen por objeto mostrar preocupación pública por una causa, ojalá enarbolada por un gran número de sectores. En contextos como el de ahora, la violencia no debe considerarse una cuestión relativa a la mujer o un problema que afecta únicamente a sus familiares o a personas marginadas. Debería erradicarse dicho estereotipo convocando a los sectores más diversos, reuniendo también a hombres de diferentes edades y orígenes.

La convocatoria es clave. No es buena idea organizar una marcha si no se cuenta con asistencia numerosa, ya que podría crear la impresión de que el motivo no es importante para el público. Ocurrió la vez anterior, con el caso de “Marifer”, cuando un grupo reducido protestó en el Malecón Tajamar, por lo cual fue minimizado y hasta criticado por “alborotar el orden” o “exagerar”, dijeron entonces los más insensibles en redes sociales. Los de “Marifer”, como los de Karen, no son agitadores en una manifestación de odio. Que quede claro.

No basta con que estas expresiones coincidan en fechas especiales para lograr una asistencia considerable, como fines de semana, días festivos o de celebraciones (Día de Todos los Santos), sino que deben atraer cobertura mediática, propiciar la reunión con autoridades y crear esquemas ciudadanos de vigilancia para no contar un hecho más de esta naturaleza. Porque lo ideal es que el ciudadano también tenga un grado de responsabilidad en la tarea de la seguridad.

Este es el asunto: el fin último es la reunión con los responsables, la participación ciudadana en asuntos prioritarios y la corresponsabilidad que debe asimilarse frente a problemas que nos afectan a todos. En pequeñas comunidades y ciudades con arraigo, identidad y pertenencia, la condena pública es lo menor: allí se movilizan, buscan soluciones e incluso caen los responsables directos de velar por la seguridad. La manifestación, pues, apenas es el primer paso.

El error es pretender que la sola marcha-mitin solucionará el problema, pues lo que busca es fomentar la concientización sobre el asunto en cuestión. No se trata de boicotearla; por el contrario, de encauzarla para que consiga lo mejor. En caso contrario, sirven solamente para expresar el enojo y se olvida al día siguiente sin obtener los resultados deseados.

Un asunto no menor es la efectividad del fenómeno con respecto al sector político, que tiende a desaparecer en la misma medida en que se esfuma la voluntad autocrítica, entendida como su responsabilidad de cara a salvaguardar los derechos del pueblo. La manifestación se convierte para la autoridad en un acto potencialmente peligroso para mantener su credibilidad, por lo que también les conviene dialogar, conciliar y acordar.

Desde distintos sectores se desea que la finalidad de la marcha no sea por sí sola la reunión del domingo, sino un auténtico parteaguas en materia de participación ciudadana y de seguridad.

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