20 de Septiembre de 2018

Opinión

El fruto del rebelde

Ortega y Gasett decía que la única verdadera rebelión es la creación, por ello el mundo necesita de rebeldes, gente que se niegue a dejar el mundo como está.

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Con una frecuencia mayor que la deseada puedo leer en medios impresos y digitales las más recientes “rebeldías” de un sinnúmero de jóvenes que se desenvuelven en muy diversas actividades, ya sea la actuación, el canto o el deporte.

Constantemente podemos enterarnos de la última ocurrencia de algún Cyrus, Kardashian, Gaga, Balloteli, Ronaldo o cualquier otro similar, en la que, gracias a alguna “genialidad” de su parte, podemos disfrutar de la rebeldía que a raudales parece brotar de algunas de sus acciones; la verdad es que en muchas ocasiones no puedo evitar una sonrisa más de conmiseración o incluso de pena ajena que de alguna otra cosa.

Ni los pucheros ante las cámaras y micrófonos, ni los arranques de pataleta infantil logran en realidad demostrar una rebeldía frente al mundo en el que nos ha tocado vivir, más bien son rebeldías plásticas y descafeinadas con las que nuestra sociedad de consumo nos obsequia de cuando en cuando, como para pretender hacernos sentir que la capacidad de rebeldía sigue intacta en nuestro mundo.

En modo alguno estoy hablando en contra de la rebeldía que siente cualquier ser humano contra un ambiente que promueva un conformismo convenenciero; entre esta postura y una rebeldía que sacuda conciencias y remueva almas siempre optaré por la segunda, como en otras épocas decidieron hacer los jóvenes de Francia en mayo de 1968, los mexicanos en el mismo año pero en octubre o más recientemente miles de jóvenes chinos en la Plaza de Tiananmen en 1989, porque en verdad aquel ser humano que se sienta satisfecho con el mundo que le ha tocado vivir ha de tener un espíritu muy pequeñito; todo ser humano tiende por naturaleza a ser insatisfecho y es la insatisfacción la que nos acaba dirigiendo a la rebeldía.

Todo buen rebelde ha de recordar que muchos otros como él han sido rebeldes a través de la historia, que podemos llenar tomos y tomos de rebeldías infructuosas a través de los siglos, que nada de extraño tiene que la enorme mayoría de los rebeldes acaben fracasando y que de todas las rebeldías triunfantes sólo un pequeño número llegó plenamente a lograr lo que de ellas se esperaba.

¿Cuántos de nosotros podemos asegurar que el rebelde que hoy tenemos en el corazón no será el explotador del mañana cuando hayamos logrado lo que queríamos? Existen innumerables ejemplos de aquellos que, rebelándose contra la injusticia, terminaron con el tiempo trabajando en preservarla, numerosos son también los casos de tantos rebeldes que el tiempo acabó convirtiendo en resentidos y amargados cuando el fruto de su empeño nunca se logró. La rebeldía verdaderamente benéfica para el ser humano es aquella que se sobrepone a todas estas situaciones.

Ortega y Gasett decía que la única verdadera rebelión es la creación, por ello el mundo necesita de rebeldes, gente que se niegue a dejar el mundo como está, seres humanos que renieguen del estado de las cosas y pongan todo su empeño y pasión en cambiarlas, rebeldías que generen beneficios  para el ser humano, no anclándose en la obsesión por destruir todo lo malo sino que se llegue al entendimiento de que lo malo ha de ser enterrado por lo bueno, que destruir lo malo no tiene ningún sentido si no se edifican cosas buenas en su lugar.

Se cuenta que en la vida de Buda en una ocasión un bandido pretendía matarlo; el hombre santo le pidió que antes de matarlo le concediera un último deseo, el malhechor ofreció concedérselo, a lo que Buda le indicó: “Corta una rama de ese árbol”, el bandido con un golpe de su afilada espada lo hizo de inmediato, a continuación Buda exclamó: “Ahora vuelve a colocarla en el árbol para que florezca”, el malhechor le respondió: “Debes estar loco si crees que eso es posible”, “al contrario”, le dijo Buda, “el loco eres tú que te sientes poderoso por poder herir y destruir, eso es cosa de niños, el verdaderamente poderoso es aquel que sabe crear y curar”.

Y es así que la rebeldía es buena en la medida que sus frutos lo sean; vociferar y destruir lo que existe es el fácil fruto de las rebeldías estériles, gritar contra la injusticia es un berrinche infantil; las rebeldías que el mundo necesita son las de aquellos que acabarán construyendo un mejor mundo para sí mismos y para quienes les rodean. Ese es el fruto del rebelde que el mundo necesita, no los resultados de esas otras rebeldías plásticas y descafeinadas que la sociedad de consumo nos receta.

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