25 de Septiembre de 2018

Opinión

¿El hijo o el hermano?

El hombre acecha por un costado de su ventana, afuera, abajo, se alcanza a distinguir el asta de una bandera...

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El hombre acecha por un costado de su ventana, afuera, abajo, se alcanza a distinguir el asta de una bandera; pero ésta no cuelga porque no es un día festivo en el calendario cívico; enfrente, sobre su escritorio se encuentran meticulosamente ordenadas diversas fotografías de la familia y casi imperceptible un pequeño almanaque que contiene discretas anotaciones que él personalmente  garabateó de su puño y letra; el 25 de septiembre del año en curso tiene una leyenda singular, escrita en rojo, como para resaltar su significado: “ inicia cuenta regresiva”. La decisión - o la propuesta- debe adoptarse pronto.

El hombre viste una camisa blanca de manga larga, es la usanza de quienes tienen mando sobre otros. Para la generalidad es el señor que gobierna y para los que se sienten identificados en el selecto grupo de allegados, será “hermano”, especie de contraseña que les da un amplio sentido de pertenencia política.  La mente del hombre divaga por momentos con su pasado. En ese breve receso se da tiempo para estar consigo mismo, algo que no es común en quienes ejercen el poder casi absoluto. La vorágine del cargo, los protocolos, los compromisos constantes y las solemnidades, reconoce, acabaron por devorar su individualidad. El precio del poder es la privacidad y en cierta forma la libertad. En estos días debe ser muy cuidadoso con sus palabras; cualquiera de ellas podría interpretarse en un sentido equivocado. Sabe que el arte de la política es hablar sin decir nada o mejor aún, decir mucho sin hablar. Entiende que afuera los neófitos del poder esperan una señal que anticipe por dónde irán los afectos y las simpatías, más que las razones y los motivos…

 Y esa es la cuestión que ocupa su mente, a sabiendas de que en el largo y sinuoso camino del poder se construyen lazos sólidos de amistad y de fraternidad.  Que todo hombre que ejerza autoridad debe llegar a procrear hijos políticos, nacidos del afecto, de la coyuntura y de la necesidad de heredar el linaje. Su contemplación previsora es en ocasiones la garantía de la pervivencia de grupo. Y el hombre de la camisa blanca lo entendió muy bien porque él mismo había sido concebido políticamente de la misma manera.  Se reclina en su cómodo sillón. Ha tomado un libro sólo para repasar el texto subrayado recientemente: “los padres tienen sobre sus hijos poder según razón natural y según el derecho”, más abajo “el padre no puede ser traído a juicio por el hijo”, Las Siete Partidas del Sabio Rey Alfonso X.

Repasa los rostros de quienes están inmersos en el juego de la sucesión. A cada uno define de diferente manera: hermano el de la Ciudad de la Esperanza, amigo y hermano a la vez el que dirige la operación política y sólo amigo el que gobierna la Joya de la Corona; y al lado de ellos el rostro sereno del joven al que moldeó con sus propias manos. El señor que gobierna comprende con claridad que hijo primogénito solo hay uno y que las monarquías sobrevivieron por el principio natural de la sucesión en línea recta. Toma el lápiz y escribe con seguridad el nombre de su propuesta… 

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