18 de Noviembre de 2018

Opinión

El huracán de cada uno

Igual que sucedió para Acapulco, encontramos gente sensible que colaboró para que el teatro siguiera vivo.

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Los que hemos vivido la fuerza de un huracán conocemos la sensación de impotencia que nos invade al sentir la fuerza indetenible de la naturaleza. Creo que el hombre tiene esa misma fuerza y capacidad destructora. Un momento de ira es capaz de acabar con años de amistad, amor o trabajo. He vivido tres huracanes: “Gilberto” e “Isidoro” en Mérida y “Manuel” en Acapulco.

Desde ahí, convoqué a algunos amigos en el Facebook para apoyar a los damnificados, urgía ropa interior, pues la gente dona ropa usada y no suele donar ropa interior. Mi sorpresa fue total, muchos se unieron para ayudar, prometí hacer la entrega de mano propia y la gente confió.  Finalmente pude salir de Acapulco y regresar al D.F. para continuar las funciones programadas que se habían cancelado porque yo estaba atrapada en el puerto. Viajé diez horas por una carretera en la que se hacía en cinco. 

El segundo día, al dirigirnos a la carpa teatro donde actuábamos nos encontramos un panorama de destrucción distinto al del huracán pero igual de desolador: la carpa había sido saqueada y quemada. Adentro estaban las producciones de las cuatro obras que ahí se presentaban. Al parecer el acto sucedió por un pleito político o vecinal. Teníamos función en Tijuana días después y debíamos conseguir nuestro vestuario y la producción destruida.

El creador de la carpa, Antonio Zúñiga (actor, dramaturgo, director y promotor cultural) estaba deshecho. Con esa carpa había recorrido colonias y estados llevando teatro a las colonias populares. Lo que más le dolía es que la gente no hubiera defendido el espacio donde por semanas habían disfrutado funciones gratuitas. Si el público no defiende el teatro, ¿quién lo hará? Los artistas lo haremos sin duda, pero ¿no hay nadie del otro lado del telón?

Gracias a unos buenos samaritanos, compramos nuestra producción y salimos de gira por Tijuana, Texas y Chihuahua. Igual que sucedió para Acapulco, encontramos gente sensible que colaboró para que el teatro siguiera vivo.

Siempre preferiré el agua sobre el fuego, la sabiduría de la naturaleza a la inconciencia en manos del hombre. Quizá en algún punto aprendamos a mirar  nuestra verdadera fuerza y no defendamos sólo nuestro estatus, alimento o  comodidad. Quizá tomemos esa fuerza para defender la vida y todo lo que el arte aporta a ella.

Agradezco a los que confían  en mi palabra y mi teatro, yo también confío en ellos. Desde las calles desiertas de Ciudad Juárez, donde “Telón de Arena”  hace teatro a pesar del clima de abandono, deseo que el huracán de cada uno sirva para sacar las cosas que nos dañan pero nunca para destruir a los que nos rodean.

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