23 de Septiembre de 2018

Opinión

El INAH y los derrumbes

La Ley Federal de Monumentos contempla penas de tres a diez años de prisión para quien no atienda la integridad de los predios considerados históricos.

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La noticia anticipaba −por haberse advertido en numerosas ocasiones− el riesgo de derrumbes de algunos inmuebles en el centro de Mérida debido al grave deterioro que presentan. Tal eventualidad se ha convertido en una triste realidad que ha propiciado un tercer suceso, contando el del viernes pasado. 

Inmediatamente, fieles a su magnífica labor y diligencia, el director del centro INAH en Yucatán, Eduardo López Calzada, y Arturo Balandrano Campos, coordinador nacional de Monumentos Históricos del Instituto, se han presentado en cinco predios del Centro de la ciudad para atestiguar de cerca el destrozo. 

Al mejor estilo del cuento aquel del niño ahogado y la tapa del pozo, los funcionarios han comentado el interés que debe prevalecer entre los propietarios de inmuebles para mantenerlos en buen estado. Incluso comentaron que la Ley Federal de Monumentos contempla penas de tres a diez años de prisión para quien no atienda la integridad de los predios considerados históricos. Terrible amenaza. 

Pero en este caso, haciendo gala de su amable benevolencia y comprensión plantearon la estrategia de un programa que no castigue y más bien incentive las inversiones en los edificios. En este folclórico caso se habla de proteger el patrimonio estatal. 

De seguro el señor López Calzada cuenta con un censo local de todas las obras que entran bajo su escrutinio y se puede dar por descontado que las autoridades del INAH han notificado personalmente a los dueños cuando sus casonas pasan a formar parte el inventario, otorgando para el caso una placa alusiva. No se entiende de otro modo que se viertan con tal ligereza posibles amenazas y sanciones y la Cámara de Diputados eleve los castigos a los supuestos infractores cuando no han tenido la mínima delicadeza y cumplimiento de su obligación de informar oportunamente. 

Por mi parte, confieso, estoy temeroso. Mi casa en el fraccionamiento Montealbán cumplió recién los veinte años. Aunque está lejos de tener la estatura de un vestigio me preocupa no contar con los medios para mantenerla cuando cumpla cien años (la casa) y al modo cubano se la pueda apropiar algún legislador alegando la ley y la sentencia sin que esté yo enterado. Por lo pronto, como decía mi madre cuando era niño: “Uy, estamos temblando de miedo, como gelatinas de a peso”.

¡Vaya biem!

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