19 de Septiembre de 2018

Opinión

El lado soleado de la calle

En el mundo existen grandes dramas y seres humanos nada generosos, es también cierto que existe mayor bondad que maldad.

Compartir en Facebook El lado soleado de la calleCompartir en Twiiter El lado soleado de la calle

Se cuenta que un sabio envió a dos de sus discípulos a una ciudad cercana y les pidió que observaran todo lo que en ella sucedía; después de vivir en ella unos días debían informar al maestro de lo que ahí encontraron. El primer joven le dijo que la ciudad era horrenda, atiborrada de seres humanos ruidosos, endemoniadamente calurosa, llena de olores agresivos que ofendían la nariz, la gente era entrometida y lo veían siempre con una sonrisa burlona; el segundo discípulo le comentó que había encontrado una ciudad vital y dinámica, bulliciosa y llena de calor humano, saturada de miles de aromas de especias, perfumes, maderas y flores, con gente que siempre preguntaba cómo ayudarle y lo hacía permanentemente con una sonrisa en los labios.

Reuniéndolos les hizo saber que los había enviado con la premeditada intención de que cada quien hallara lo que había en su corazón; cada uno de ellos encontró lo que buscaba y su manera de ver el mundo era lo que había determinado lo que sentía recibir de él. Estar dispuesto a encontrar un mundo hosco y desagradable había hecho que exactamente eso fuera lo que uno de ellos experimentó, pero quien tenía una visión más positiva de los seres humanos se topó precisamente con eso: seres humanos cordiales y amables.

Sin poder negar que en el mundo existen grandes dramas y seres humanos nada generosos, es también cierto que existe mayor bondad que maldad y personas que con su vida y ejemplo enaltecen a la humanidad. El problema surge cuando obstinadamente insistimos en mirar siempre lo malo, privilegiar el error sobre el acierto y regodearnos en todo lo mal que estamos en lugar de disfrutar y agradecer lo que se tiene.

Lo hacemos cuando, sin valorar todo lo que nuestra esposa o esposo han traído a nuestras vidas, insistimos en hacer sobresalir sus defectos e infravaloramos sus virtudes, lo que nos lleva al enojo o la irritación, en ocasiones intentando manipular agresivamente sus actos y pensamientos, erigiéndonos en jueces implacables de quien, entregándonos su vida, merecería una actitud agradecida por lo que nos ha aportado y un acompañamiento piadoso en el proceso de superar sus defectos.

Contribuimos a esta visión negativa cuando sólo vemos en los hijos su desorden, tal vez su impulsividad o rebeldía, olvidando que también fuimos jóvenes y participamos de esas o peores conductas, y cerramos los ojos ante su respeto por la familia, el cariño hacia nosotros sus padres o el compromiso siempre a toda prueba de apoyo a sus hermanos. Se nos olvida que para educar jóvenes hay que tener mucha paciencia y una buena memoria que nos permita ver al joven que fuimos.

Algunos de nosotros nos empecinamos escandalosamente en encontrar lo malo en todos los amigos o compañeros de trabajo que se cruzan en nuestros días, poco agradecemos lo que su presencia ha dejado en nuestras vidas y acabamos reclamando airadamente sus errores, sin agradecer con profundidad y de corazón todo lo recibido.

Vamos por el mundo empeñados en ver siempre lo malo, utilizando unos lentes de obscuro pesimismo; negándonos a ver el sol del amor y la bondad que nos abrazan, elegimos insanamente caminar por el lado obscuro, pesimista y negativo del mundo, perpetuando nuestra insatisfacción con lo que vivimos y recibimos de los demás.

Esta actitud encuentra generalmente su origen en la marcada tendencia a creer que todo lo que tenemos lo merecemos, que el mundo se encuentra casi obligado a proporcionarnos la mejor vida posible, que es una obligación de los demás ser buenos con nosotros; es entonces cuando el amor, el cariño, la comprensión y la amistad dejan de ser un virtud en el otro y comienzan a ser una obligación que la vida les impone hacia nosotros.

Dejamos de ser agradecidos con la vida y con quienes nos rodean. Montados en el orgullo que nos dice al oído que es obligación de todos sacrificarse para proporcionarnos una existencia placentera y llena de atenciones, acabamos cerrando los ojos a lo bueno que llega a nuestra vida y nos empeñamos en ver el mundo desde el lado obscuro de la calle.

¿Estamos dispuestos a vivir permanentemente en la penumbra, siendo que la vida plena y feliz, de agradecimiento por quienes nos rodean y lo que aportan a nuestra vida se encuentra a tan sólo unos pasos, apenas cruzando la vía y caminando por el lado soleado de la calle? Todo dependerá de con qué ojos queramos ver al prójimo y al mundo.

LO MÁS LEÍDO

LO MÁS COMENTADO

NOTAS RELACIONADAS

Comentarios

Responder a  Name   
Comentarios
Responder a  Name   
Responder a  Name   
DE:(TUS DATOS)
Nombre
E-mail
ENVIAR A:(DESTINATARIO)
Nombre
E-mail
Comentarios