19 de Septiembre de 2018

Opinión

El miedo en el alma

Desde los primeros momentos tras la explosión en la Torre de Pemex, el temor de un atentado se expresó abiertamente.

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Los mexicanos tenemos miedo. No sólo quienes viven en las regiones del país asoladas por la violencia cotidiana, para quienes se ha vuelto el cristal tras el que se mira la vida, sino también para quienes tenemos la fortuna de vivir en zonas donde la seguridad sigue siendo la norma.

Las emociones y reflexiones despertadas por la explosión en uno de los principales edificios de Pemex dan cuenta de dicho estado de ánimo. Desde los primeros momentos, el temor de un atentado se expresó abiertamente. No sólo en privado, no sólo en voz de los comentaristas de radio y televisión, sino que llevó a los reporteros a preguntárselo directamente a las autoridades, destacadamente al procurador Murillo Karam.

No ayudaron a desvanecer esas preocupaciones las más de 24 horas de silencio oficial sobre las causas del siniestro, y los temores comenzaron a traducirse en sospecha y desconfianza. Estas sólo se fueron desvaneciendo con el flujo de información de los días posteriores, cuando también se conocieron opiniones profesionales diversas sobre el asunto.

En el momento actual pocos mantienen sus dudas sobre la causa de la tragedia.

Pero, más allá de los acontecimientos mismos, el temor generalizado a actos de violencia intencional exhibe, sin lugar a la menor duda, que los mexicanos todos nos sentimos hoy mucho más vulnerables en nuestra propia integridad física que hace una década.

Vivimos con miedo y eso es, por sí mismo, una pérdida moral, una auténtica baja espiritual, en la guerra en la que el país se encuentra.

No tiene que ser así.

La actual situación de violencia no es ni espontánea ni inevitable, sino el resultado de una estrategia particular de lucha contra la delincuencia organizada. Pero ésta puede desarrollarse por distintas vías y con diversas tácticas y estrategias.

La actual estrategia, construida en el sexenio anterior, ha demostrado ya, por la vía de los hechos, su fracaso. Principalmente por las decenas de miles de muertos que ha dejado –por cierto sin dañar estructuralmente el tráfico de drogas, armas, capitales y personas– pero también por los millones que vemos al miedo instalarse en nuestra existencia.

Vivir en paz es posible. Ya lo hemos hecho.

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