17 de Noviembre de 2018

Opinión

El pecado de ser maestro

Hay maestros que piensan que lo único que enseñan a sus alumnos es la materia que imparten.

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Mucho se habla de la necesidad de evaluar a los maestros para garantizar la calidad de la educación que se ofrece a los alumnos; generalmente las evaluaciones se limitan a una serie de conocimientos y habilidades que, siendo deseables en los maestros, no son los únicos parámetros válidos para determinar qué tan bien realiza su labor un docente. Hay algunos aspectos que generalmente las famosas evaluaciones toman poco en cuenta o de plano ignoran.

Hace algún tiempo un grupo de alumnos me explicó cómo se había presentado un nuevo maestro con ellos, diciendo que él no confiaba en ninguno de ellos, ya que no hay gente confiable, y que no pensaran en que le interesaba hacer amigos. Extrañados me preguntaron  por qué creía que el maestro se había comportado de esa forma con ellos. Les respondí que cada quien habla de lo que es y que si les había dicho que para él no había gente de confianza era seguramente porque él no era una persona de fiar.

Hay maestros que piensan que lo único que enseñan a sus alumnos es la materia que imparten, pero si les dices a los escolares que nadie es confiable, les estás enseñando la desconfianza; si llegas tarde, los estás formando en la impuntualidad; si les exiges respeto pero no los respetas, los formas en el abuso del poder y la intolerancia;  si en general predicas de dientes para fuera toda una serie de valores morales que luego en tu vida diaria están ausentes, los formas en la falsedad y la doble moral, y es así como un maestro está siempre presente en la formación de sus alumnos, en algunas ocasiones formándolos y en otras deformándolos, pero siempre presente. ¿Estamos todos los maestros conscientes de esta realidad?

Durante los años que trabajé en los salones de clase vi mucho adolescente y joven triste, desesperado y en ocasiones abandonado; me convencí de que el maestro que de verdad procura una educación integral de sus alumnos ha de atender a la totalidad del ser humano presente en las aulas, no sólo a su razón e intelecto; que una verdadera educación integral lo que ha de procurar es que el alumno logre desarrollar armónicamente todas sus potencialidades, generando beneficios tanto para él como para la sociedad en la que se encuentre. ¿Cómo lograr esto con maestros que suelen sentirse más instructores que formadores de seres humanos?

Algo que causaba enorme confusión entre los alumnos era  percibir la existencia de tanta maldad en el mundo, sentían que había más maldad que bondad; mucho conversamos acerca de esto y una de nuestras conclusiones fue que por un lado el mal es muy escandaloso y por eso se da tanto a notar, el bien es más callado y la gente lo nota menos. Si mil padres se preocupan y esfuerzan por sus hijos eso no será noticia, pero si uno solo encadena al suyo saldrá en los periódicos. También notamos que la gente tiende a encontrar lo que busca y que mientras más tratas de encontrar el mal será eso lo que encuentres y si te esfuerzas en encontrar el bien seguramente lo podrás hallar. 

No se puede negar la existencia del mal, ni se debe renunciar a combatirlo, pero ¿estamos los maestros enseñando a nuestros alumnos a ser positivos o nos hemos convertido en profetas de la desesperanza? Si bien es cierto que no se debe ser ingenuo y pretender que este mundo es color de rosa, menos cierto es que no hay esperanza; si en realidad no la hay, ¿para qué entonces trabajar como maestro? El maestro que piense así es mejor que se dedique a otra cosa.

La sociedad actual parece restregarnos en la cara que seremos más felices en la medida que más consumamos, muchos jóvenes siguiendo esta idea se han dado cuenta de que no la alcanzan y llegamos a percibir que esa felicidad que tanto buscamos no nos llega, sino que nos brota de dentro, que en realidad todo ser humano está llamado a ser plenamente feliz pero no debemos depositar nuestra felicidad en otras manos más que en las propias, que la felicidad es un derecho humano y que nada ni nadie tiene permiso de quitártela, pero que hay que trabajar muy duro por ella, que ser feliz es un asunto de decisión y hay que empeñarse tercamente todos los días en serlo, que ser feliz no es fácil porque la vida es bella pero no por fácil.

Muchos maestros se han hecho plenamente conscientes de la necesidad de educar en estos aspectos, a varios los conozco y admiro en su labor, sin embargo todavía hay un gran número que permanecen ciegos ante esta realidad, esperemos que pronto reaccionen y se asuman como verdaderos formadores de seres humanos.

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