20 de Septiembre de 2018

Opinión

El poderoso abstencionismo

La resaca del júbilo de los “ganadores” en el proceso electoral realizado en Quintana Roo, debió caerles como un balde de agua fría, tras conocerse los primeros resultados preliminares de la jornada...

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La resaca del júbilo de los “ganadores” en el proceso electoral realizado en Quintana Roo, debió caerles como un balde de agua fría, tras conocerse los primeros resultados preliminares de la jornada electoral de este domingo.

Las cifras devastadoras revelaron datos y estadísticas alarmantes para la vida democrática en nuestro estado, y por ende en nuestro país. Y es que, más allá de las manifestaciones triunfalistas de los candidatos ganadores, fue evidente el poco interés de la ciudadanía por participar en los mecanismos electorales y el desencanto a causa de un sistema viciado para elegir a los representantes locales.

Del padrón de 963 mil 759 ciudadanos convocados a votar en Quintana Roo, sólo el 34 por ciento, decidió hacerlo, registrándose un abstencionismo de casi el 70 por ciento. En este balance electoral, sería injusto culpar sólo a la ciudadanía, pues los partidos políticos y el instituto electoral de la entidad tienen la mayor responsabilidad en ello.

De acuerdo con las voces escuchadas durante la jornada electoral, se pudieron percibir las prácticas fraudulentas que parecían ya superadas: un rampante corporativismo electoral en algunos de los municipios del norte de la entidad, la compra de votos, el lucro con la miseria e ignorancia de la gente, lo cual evidenció la ineficacia de los institutos electorales. Peor aún, fue que los quejosos no hicieran nada para detener esas prácticas reprobables, dejándolo todo, como siempre, en vagas críticas, difuminadas en las ondas hertzianas de los medios electrónicos de comunicación.

Es evidente la debilidad y el pobre desempeño de las instituciones electorales, el Instituto Federal Electoral (IFE) y el Instituto Electoral de Quintana Roo (Ieqroo). Y es que con las cifras obtenidas resulta alarmante la poca sensibilidad de algunos líderes sociales, ante la necesidad de organizar una sana y justa competencia entre las diferentes opciones políticas, en beneficio de nuestro estado, tan lastimado por la división, la ambición, la mezquindad y los odios de su clase política.

Lejos de hacer fiesta por los triunfos electorales, los candidatos, partidos políticos y autoridades electorales deben hacer un alto en el camino, analizar los resultados obtenidos y replantear sus estrategias para ganar el voto ciudadano.

Estas circunstancias obligan a una seria reflexión: hoy más que nunca es necesaria una ciudadanía informada, que desde ahora comience a construir un juicio con base en las propuestas que los partidos ofrecen; también es necesario seguir con detenimiento el mapa electoral que se presentó y calificar sensatamente el ejercicio de aquellos candidatos colocados que resultaron con la menor votación. 

Pues, de otra manera, el abstencionismo se seguirá haciendo presente como uno de los más graves síntomas de una enferma y decadente democracia.

Realmente los verdaderos ganadores no fueron los candidatos, que a partir de septiembre asumirán sus cargos en el Congreso local y gobiernos municipales, sino el abstencionismo, que una vez más volvió a ser mayoría en el resultado de la elección local.

El peor error que pueden cometer nuestras autoridades electorales y políticos es minimizar el contundente mensaje que les ha enviado la ciudadanía, iniciando en cambio una revisión del sistema electoral y sus acentuadas deficiencias, para que el abstencionismo no sea ya más el indeseable e incómodo vencedor de los procesos electorales.

Incluso, la opción de las debutantes candidaturas ciudadanas tampoco debutó con contundencia para oxigenar el menú de opciones, ya que la gran mayoría pasaron sin pena de gloria, en un proceso que debe ser analizado a conciencia para que alcaldes y diputados locales asuman sus posiciones con el máximo respaldo de los electores.

Un estado joven como Quintana Roo no debe enfrentar este tipo de dolencias electorales.

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