23 de Septiembre de 2018

Opinión

El Poliforum

Ahora hay la promesa de las autoridades deportivas de que El Poliforum va a servir para lo que debe y no va a estar abierto para cualquier cosa.

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Ya les he dicho que el viejo es aficionado –casi apasionado- a los deportes, especialmente al básquetbol, y cada vez que puede asiste a partidos en los que no se cobra la entrada porque sus finanzas no son muy boyantes. Cuando supo que se reinauguraría el Poliforum Zamná –cuando se inauguró hace 33 años le pareció que sería un parteguas (así dice, no se por qué) en la historia del deporte ráfaga, pero se quedó en una mala intención-, el anciano me pidió que lo llevara a conocerlo.

Hubieran visto su cara. Estaba alucinado al ver las gradas con cómodas butacas, las instalaciones de primer mundo (incluyen elevadores para sillas de ruedas en los accesos que también son salidas), iluminación magnífica y, en fin, todo dispuesto para comodidad del público.

Pude conseguir que nos dejaran bajar para ver la duela de cerca y el cascarrabias no dejaba de caminar de un lado a otro. Custodio, decía saltando como niño con juguete nuevo: siéntela, huélela, camínala. Y las canastas, como las del mejor estadio. Estaba que no cabía en sí. Esto no tiene igual, la ciudad ya merecía una instalación de esta clase, afirmaba. Uay, cómo me hubiera gustado jugar aunque sea una vez en un estadio así, decía con un dejo de nostalgia.

Se puso melancólico y empezó a lagrimar. Tengo fresco, me dijo, cuando el gobernador Francisco Luna Kan inauguró la Unidad Deportiva Kukulcán y en especial este Poliforum. Sentí la misma emoción que ahora siento porque quedó de primera.

Se parecía al Palacio de los Deportes de la capital. Recuerdo que luego casi no se utilizaba, que el piso se deterioró y que inclusive el edificio estuvo cerrado porque el techo tenía filtraciones.

Luego, el que se dijo que sería sede de eventos deportivos se volvió un circo: lo mismo había funciones de boxeo (él nunca dice box) que de lucha libre con venta de cerveza incluida y decenas de borrachos que wixaban donde les daba la gana, menos en los baños, y mentaban madres, y escenario para cantantes de moda. Desde luego, las instalaciones se descuidaron y con el paso de los años se dañaron.

Pero eso va a quedar atrás, viejo, le dije. Ahora hay la promesa de las autoridades deportivas –con Juan Sosa Puerto a la cabeza- de que va a servir para lo que debe y no va a estar abierto para cualquier cosa.
Ojalá, Custodio, dijo el cascarrabias.

Dos días después lo fui a buscar para llevarlo a lo que se anunció como un juego de estrellas del básquetbol del patio. Estaba lleno –hasta el gobernador fue- y nos dispusimos  a disfrutar el partido. Cuando estaba por la mitad y los equipos se habían ido al descanso, el viejo me pidió: Llévame a mi casa, ya vi suficiente.

Lo noté contrariado y le pregunté qué le pasaba. Me respondió: La verdad, el partido bastante chafón, no se esfuerzan los “estelares” por dar espectáculo y parece que están cascareando, el escándalo es muy fuerte (había batucadas, música a todo volumen y dos o tres gritones que no dejaban oír nada) y mira al entrenador de los rojos, con sus chancletas de plástico y su pantalón corto, como si estuviera en el patio de su casa. Me parece una falta de respeto al público, ¿dónde cree que está?

Tienes razón viejo, vámonos, le dije.

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