18 de Febrero de 2018

Opinión

El reality de la vida

Perderse en la inmensidad del mundo digital es más común de lo que parece...

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Perderse en la inmensidad del mundo digital es más común de lo que parece, pero a diferencia de las películas donde el usuario se engancha con un androide o una foto de perfil, hoy en día esta situación toma tintes más filosóficos y fibras más profundas, en detrimento de la propia realidad. 

En algunos círculos literarios se habla sobre la decadencia de la novela, producto del uso excesivo de la ciencia ficción. En palabras más claras, las epopeyas ya no tienen sentido en un mundo donde lo inimaginable es pasado, presente y futuro al mismo tiempo: nada irreal nos asombra, las historias ya no dejan lugar a la imaginación, y además, ésta perdió la capacidad para ir más allá del canon, hoy en día tan rebasado. 

Una situación similar se vive en el mundo digital, donde el asombro por las nuevas tecnologías pasa a segundo plano, atrapado en el complejo universo de ideas, mentiras y verdades que se mueve en las redes sociales. La sobreexposición de estos medios creó una singular paradoja: tenemos acceso a casi cualquier cosa… que no dice nada, porque no está asentada sobre una base verdaderamente real. 

Desde hace años hemos comentado en este y otros espacios, que las redes sociales pierden poco a poco su conexión con la sociedad, con la vida, y esto a la larga será su perdición como medio de difusión, ya no creíble, sino real. David Shields, en su libro “Reality Hunger”, teoriza sobre la urgencia de que el arte comience a reflejar la realidad para hacer clic nuevamente con la gente; y en una extrapolación bastante estirada, lo mismo ocurre con nuestros medios digitales. 

El gran común de la sociedad, llamado despectivamente “Juan Pueblo”, considera Facebook, Twitter, Snapchat o la red que desee, como un espacio ajeno a su vida real, y nosotros, usuarios de mucho o poco tiempo, tendemos a burlarnos de ellos por no tener la capacidad para entender las redes sociales. Sin embargo, creo firmemente que los tontos somos nosotros, y más aún, por la incapacidad para acercar el mundo digital a estas personas. 

La popularización de las redes sociales las alejó de la realidad, les quitó el encanto de la vida cotidiana y de los hechos concretos, dando paso a esta extraña ficción donde todo lo relativo se transforma en verdad toral, y la ridiculización, en un título nobiliario que abre las puertas de la fama, efímera, pero fama al fin. Hoy la web “se promociona” como una “ventana digital” al mundo, pero al publicista (llámese redes o usuarios) se le olvidó limpiar los cristales, así que, lo que “Juan Pueblo” ve, es una mancha tergiversadora de lo que realmente es internet. 

Tampoco estamos llamando a escribir en nuestras redes sociales cada vez que tomamos una taza de café. Hay de realidades a realidades, y lo que defendemos es la utilidad social de estos medios, acabar con los personajes de temporada y las viralizaciones ridículas, para dar paso a la realidad misma que engloban las cinco preguntas básicas: qué, dónde, cómo, cuándo y por qué. Considere, amable lector, ¿lo que lee en su Facebook responde a esas interrogantes? Si es así, felicidades: su “timeline” tiene los pies en la tierra. 

La realidad es la esencia de la vida, el “alma” de las redes sociales, hoy corrompida por la desfachatez de las mentiras y falsedades en pos de la popularidad. Como en el arte y la literatura, para llegar al gran público necesitamos digitalizar nuestra percepción del mundo, conectarnos con los usuarios ofreciendo algo más que chistes, memes y burlas; una dosis de naturalidad y franca conversación. Esa es tal vez la palabra más clara: franqueza. 

La vida tiene más prodigios y es aún más sorprende que la ficción, sólo tenemos que aceptarla y llevarla a nuestras redes sociales, para comprender el encanto de un verdadero “reality show”. 

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