21 de Septiembre de 2018

Opinión

El ridículo espectáculo del PRI

Ancestro genético de todos los partidos políticos mexicanos, el apabullante PRI, el monstruo de mil cabezas, la organización de los “jefes máximos"...

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Ancestro genético de todos los partidos políticos mexicanos, el apabullante PRI, el monstruo de mil cabezas, la organización de los “jefes máximos”, el partido de los setenta y tantos años que mantuvo su historial de victorias electorales invicto por décadas ganando hasta las votaciones en las colonias, deambula hoy por la vía de la vergüenza y el ridículo, a pesar de estar en la presidencia y gobernando la mayor parte del país.

La culpa de esta debacle es en gran parte responsabilidad del presidente Enrique Peña Nieto, a quien le bastaron solo cuatro años para derrumbar el renacimiento priista, tras la docena -también trágica- de años que el PAN ocupó la residencia oficial de Los Pinos.

La aseveración no es injusta, porque el PRI es un partido de un solo hombre, donde las órdenes y decisiones eran dictadas exclusivamente por el presidente y se obedecían a pie juntillas so pena de sanciones que podían ir desde la “congeladora” hasta el encarcelamiento (Véase el ejemplo de Mario Villanueva Madrid). Esa es la doctrina priista, replicada en los estados incluso por los gobernadores de su “nueva generación” –como Roberto Borge y Javier Duarte– que resultaron peores, mucho peores que los grandes dinosaurios del Tricolor.

Los priistas maman desde su temprana gestación esta educación partidista, pero Enrique Peña Nieto fue un presidente débil desde el principio, titubeante al momento de imponer el orden en su partido y en su gabinete, estilo que lo ha llevado a cavar su tumba prematuramente y a convertirse en el presidente más repudiado y peor calificado de la historia. Sí, incluso por encima del villano de villanos, Carlos Salinas de Gortari.

Ese tufo a cadáver político que despide Peña Nieto ha provocado que los carroñeros de su partido se le vayan encima, rebelándose a la tradicional disciplina del partido para seguir sus propios intereses, pero estos priistas causan más risa que miedo, pues no se han percatado que ellos mismos están desahuciados por la sociedad.

Por ejemplo, está en esta categoría la ex gobernadora de Yucatán, Ivonne Ortega Pacheco, que en estos últimos días se destapó como aspirante a la candidatura presidencial del PRI lanzándose fuerte contra el propio presidente por el “gasolinazo”, con argumentos contundentes y bien fundamentados, pero que pierden toda validez apenas salir de su boca, y victimizándose ante lo que llamó una “campaña negra” en su contra en las redes sociales.

Además de la yucateca hay por lo menos media docena de priistas que se disputan la candidatura, entre ellos Manlio Fabio Beltrones, Luis Videgaray Caso y Miguel Ángel Osorio Chong, aunque claramente ninguno tiene la mínima posibilidad de mantener al Tricolor en la presidencia.

Pero los ridículos no se circunscriben en exclusiva a la esfera nacional, porque a nivel local en Quintana Roo el PRI protagoniza un penoso espectáculo que navega entre lo trágico y lo cómico, con un dirigente estatal repudiado por priistas y no priistas por igual que se niega a abandonar su puesto de mando -aunque ya nadie le hace caso-, mientras un ex gobernador repudiado por priistas y no priistas por igual le quiere arrebatar el mando para “rescatar” al partido. 

La escena se complementa con dos ex aspirantes a la gubernatura de épocas muy distintas y distantes y otros tantos oportunistas que alistan sus maletas para mudarse con un antiguo enemigo, el partido Morena, que no solo es la esperanza de México, sino de militantes del Tricolor que pretenden ser redimidos con la bendición de Andrés Manuel López Obrador. 

Como partido, el PRI está en serio peligro de extinción; sin embargo, el priismo sigue tan vigente como siempre. El priismo está en ese dirigente estatal del PAN que compite contra sí mismo en un proceso interno planchado; está en esos diputados de “izquierda” que simulan protestas contra el “gasolinazo” para hacer sentir a la población que están con ellos, aunque saben que sus actos son puro show.

Está en ese partido de la esperanza que designa a sus dirigentes por “dedazo” del ungido, sin discusión alguna; está en ese partido que es propiedad de una familia o de un sindicato, y que usan su poder para encumbrar a sus consentidos. 

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