22 de Septiembre de 2018

Opinión

El señor Rouhani visita Nueva York

Si el lector anda en disposición de apreciar el absurdo, solo remítase a los discursos de estadistas como Hugo Chávez.

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Ya es casi un lugar común decir que Naciones Unidas sirve de poco. Su estructura hace prácticamente imposible alcanzar acuerdos que deriven en acciones concretas y decisivas. 

Los equilibrios geopolíticos imperantes han provocado que lo que debería ser un cuerpo deliberativo y ejecutivo eficaz se haya transformado en una vetocracia. 

Los antagonismos en el Consejo de Seguridad, por ejemplo, prácticamente aseguran la parálisis. Si a eso sumamos las instancias vergonzosas en las que actores como Estados Unidos (pero no solo éste) han usado el escenario para manipular con medias verdades o mentiras flagrantes, aquello se vuelve cómico (¿cómo olvidar a Colin Powell y su frasquito de “ántrax”?). 

Si el lector anda en disposición de apreciar el absurdo, solo remítase a los discursos de estadistas como Hugo Chávez para culminar el retrato del espectáculo de mal gusto que se escenifica desde hace años sobre la Primera Avenida en Manhattan.

Por todo lo anterior, es comprensible la sorpresa de propios y extraños ante lo que ha sido, a todas luces, una semana productiva en la ONU. Por una vez, parece que ha imperado la voluntad de concordia y la sensatez, incluso la bonhomía. Primero está el caso sirio. 

Lo que hasta hace unas semanas pintaba para ser un conflicto bélico de gravedad extrema se ha vuelto un callejón cuya salida está no en la violencia unilateral, sino en la diplomacia. 

Más allá de si el gobierno sirio de verdad pretende entregar su arsenal químico, lo cierto es que las partes interesadas parecen haber llegado a un acuerdo que, de concretarse, liberaría a Siria —y a la región, dada la locura de Assad y de buena parte de los rebeldes— de una amenaza real. Por supuesto, existe la posibilidad de que todo sea un ardid del de Damasco y del zorro de Moscú, pero el énfasis en los compromisos diplomáticos es digno de reconocerse y aplaudirse. Aunque sea solo por el momento.

Lo mismo puede decirse que la notable visita de Hassan Rouhani, el presidente de Irán, a Nueva York. 

Después de años del grotesco circo encabezado por Mahmoud Ahmadinejad, el nuevo presidente iraní ha sido una bocanada de aire fresco para sus antagonistas, la diáspora iraní y, uno imagina, hasta para sus aliados. 

Después de negar el Holocausto —aparentemente, la ridiculez de rigor para cualquier gobernante iraní—, Rouhani se despojó de dogmas para comportarse como un estadista.

A diferencia del viperino Ahmadinejad, dio muestras de un carácter cálido y afable y habló con sensatez sobre los peligros de la proliferación nuclear o la intención iraní de comenzar una nueva era en las relaciones con Occidente. 

La visita de Rouhani culminó con una conversación inédita en los últimos 30 años: Rouhani habló por teléfono con el presidente de Estados Unidos. Después, Obama comentó la llamada con los reporteros de la Casa Blanca: “habrá obstáculos pero creo que alcanzaremos una solución integral”. 

Rouhani se mostró más entusiasta. El compromiso de Irán, dijo, es absoluto: “les aseguro que la voluntad del lado iraní es del 100%, que dentro de muy poco tendremos un acuerdo en cuanto al asunto nuclear”. De inmediato, tras la llamada, el equipo de Rouhani acudió a Twitter para compartir el carácter “histórico” del encuentro. El contraste con el tono desafiante e histriónico de Ahmadiejad es innegable.

Algo ha ocurrido en Teherán que ha provocado este deshielo. La razón, naturalmente, no tiene que ver con un súbito ataque de humildad geopolítica ni, me temo, con el ascenso al poder de los (contados) moderados iraníes. 

La realidad es que las sanciones impuestas desde años contra Teherán han dañado sensiblemente la economía del país. 

Por ejemplo, las exportaciones de petróleo iraní han caído en un 60% en el último año. A eso habría que sumar la inflación y el desempleo para entender por qué los ayatolás tienen la intención de alejarse de los modos de Ahmadinejad para tratar, en efecto, de comenzar una nueva era que les ayude a sobrevivir. 

El líder supremo iraní, el ayatolá Ali Khamenei, nunca ha estado en el negocio del suicidio político. Tras la sacudida que implicó la célebre (aunque fallida) “revolución verde” después de las fraudulentas elecciones presidenciales de 2009, Khamenei debe haber comprendido que la paciencia de “la calle” iraní se estaba acercando al límite. 

Así, el régimen puso las barbas a remojar y envió a Rouhani a Nueva York con la encomienda de ofrecer la mejor cara posible. 

Esta claro que todo puede ser una impostura producto de la urgencia coyuntural. Es posible, pero aun así es mejor que escuchar a Ahmadinejad y su discurso apocalíptico. Mucho mejor.

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