21 de Septiembre de 2018

Opinión

El sismo del 85

Existen acontecimientos que marcan nuestras vidas de manera indeleble: el gran sismo de 1985 en la Ciudad de México fue uno de esos...

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Existen acontecimientos que marcan nuestras vidas de manera indeleble: el gran sismo de 1985 en la Ciudad de México fue uno de esos. La mañana del 19 de septiembre de ese año la tragedia tomó por sorpresa a miles de capitalinos que se disponían a iniciar sus actividades cotidianas. A treinta años de ese lamentable suceso los recuerdos personales afloran.  

El miércoles 19 de septiembre de 1985 desperté profundamente emocionado: con el boleto en mano del autobús que seguiría la ruta Cancún-México (con un recorrido aproximado de veinticuatro a veintisiete horas) iniciaría el largo y anhelado sueño de todo joven provinciano, llegar a la capital del país para presentar el examen de admisión a una prestigiada universidad pública. Saldría a las seis de la tarde con treinta minutos, así que fui a despedirme de mis compañeros de trabajo. 

Cuando llegué al Registro Civil, ubicado en esa época en la planta baja del Palacio Municipal, la noticia del terremoto en la Ciudad de México era desconocida para la mayoría de los habitantes de una ciudad tranquila, donde los periódicos capitalinos llegaban al medio día y la televisión se veía poco. Sólo quienes tenían encendido el televisor por la mañana supieron que algo grave había sucedido, aunque nunca imaginaron su magnitud pues la transmisión cesó de pronto. Llegué muy orondo a la oficina de mi jefe, don Pedro Solís Rodríguez, a quien le decían el casamentero número uno porque había casado a medio Cancún. Apenas había puesto un pie en su oficina cuando me preguntó ¿Cuándo te vas a México? Hoy – le contesté airoso- mostrándole el boleto. ¡No! –espetó- ¡Ha sucedido una desgracia, hay cientos de muertos! Y pensando que bromeaba, como era su costumbre, le respondí “No importa, aunque haya miles, iré!  Sólo conforme iban transcurriendo las horas me fui convenciendo de que aquella advertencia era una triste realidad. Se llegó a hablar inicialmente de cincuenta mil muertos, luego de treinta mil y mucho tiempo después el gobierno que todo lo maquilla, redujo la cifra a cinco mil personas fallecidas. 

El destino entonces me puso a prueba, ir al desafío o resolver el problema de la manera más cómoda: tirar el boleto a la basura y con él también los sueños por mucho tiempo acariciados. En el autobús iba otro joven en busca de su propio sueño, Víctor Galván Rocha, ahora dedicado al periodismo. Los demás pasajeros, contados con los dedos de una mano, no entendían nuestra obstinación en ir a la ciudad de México a estudiar en esos momentos de confusión y dolor. Ellos iban en busca de sus familiares. Seguramente pensaron que estábamos un poco deschavetados y creo ahora que era cierto. La llegada al día siguiente a México fue dramática, una réplica del primer temblor se hizo sentir a las siete de la noche. En el autobús, que entraba a la ciudad, todo fue caos y gritos de desesperación de los pasajeros ¡Cómo olvidarlo! Pero el camión llegó a su destino, sumida la ciudad en penumbras y lamentaciones colectivas y ahí nos depositó para continuar una aventura que nunca olvidaré. En 1990 concluí mis estudios de abogacía en la Universidad Autónoma Metropolitana.   

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