19 de Octubre de 2018

Opinión

El terror en Boston

Si, como todo indica, el responsable del atentado en Boston es lo que se conoce como un terrorista doméstico, las posibilidades son múltiples y macabras.

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Quién es realmente esa persona capaz de rellenar dos enormes ollas de presión con explosivos mezclados con pedacería metálica, clavos y otros proyectiles para luego meterlas en sendas bolsas de nylon y hacerlas explotar con tal potencia que la policía tuvo que recoger no solo piernas, sino fragmentos incrustados en lo alto de las paredes de edificios cercanos?

Por desgracia, en el caso de Estados Unidos, puede haber varias respuestas. Si, como todo indica, el responsable del atentado en Boston es lo que se conoce como un terrorista doméstico, las posibilidades son múltiples y macabras. Basta darle un repaso a la historia del terrorismo local solo en las últimas décadas.

Ted Kaczynski, el infame Unabomber, deshizo varias vidas entre los setenta y noventa porque al parecer le guardaba rencor a… las sociedades industriales del planeta (o algo por el estilo: su “manifiesto” era una locura en sí mismo). En 1995, Timothy McVeigh mató a más de 100 personas e hirió a medio millar actuando desde una mezcla de racismo, resentimiento social y ánimo anarquista. Christopher Dorner, el ex policía de Los Ángeles que aterrorizó al sur de California hace unas semanas, lo hizo en aras de una venganza personalísima.

¿Qué hay detrás de este último episodio de horror en Boston? Vaya usted a saber. En las horas que siguieron al atentado, los colegas estadunidenses sugirieron decenas de teorías, desde una reacción contra la reforma migratoria hasta la radicalización del ala más conservadora de la derecha en este país. Por ahora todo son especulaciones.

Por supuesto, es enteramente posible que el atentado haya sido planeado afuera, pero me parece poco probable. Me parece más factible que el culpable sea producto directo de esta sociedad, pujante y admirable en muchas cosas, contradictoria y francamente enloquecida —y enloquecedora— en tantas otras.

A la tragedia seguirá la reflexión sobre los motivos del responsable. E inmediatamente después la dolorosa conclusión de que ese calibre de demencia criminal es, me temo, imposible de erradicar. 

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