24 de Septiembre de 2018

Opinión

El traje nuevo del poeta

En su cruzada, don Javier optó por el juego del “beso o cachetada” con los poderes, y acabó confrontado con Felipe Calderón.

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La publicación de la Ley General de Víctimas es un traje confeccionado a la medida para Javier Sicilia, como una rúbrica a su Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad que busca dotar de una norma a las víctimas de la violencia desatada por la estrategia de seguridad calderonista.

El escritor-poeta formó ese movimiento luego del asesinato de su hijo, en Morelos, pero su ruta fue distinta a las de Nelson Vargas, Isabel Miranda de Wallace y Alejandro Martí, quienes también perdieron a sus hijos, en diferentes circunstancias pero con el común denominador: víctimas de la delincuencia organizada.  

En su cruzada, don Javier optó por el juego del “beso o cachetada” con los poderes, y acabó confrontado con Felipe Calderón, a quien obligó a escuchar a las víctimas y emitir la norma bautizada como Ley Sicilia.
 
El espíritu de la ley es reconocer y garantizar los derechos de las víctimas del delito y de violaciones a derechos humanos, en especial a la asistencia, protección, atención, justicia, reparación integral y restitución de garantías violadas.

Se publica, empujada por Enrique Peña Nieto para complacer a Sicilia, luego de que la Suprema Corte canceló la controversia constitucional interpuesta en julio de 2012 por Calderón, quien argumentó que la norma no tenía sustento sobre la reparación del daño.

La organización Alto al Secuestro, que dirige Isabel Miranda de Wallace, planteó que la ley “no responde a las necesidades de todas las víctimas y sus familiares”; mientras que México SOS, que preside Martí, consideró que los contribuyentes pagarán las fechorías de los delincuentes, en tanto que solo se considera atender a víctimas en el ámbito del fuero federal.

Tampoco establece cómo deben participar e incidir las ONG en el Consejo que debe crearse, ni prevé un esquema en el que el Estado deba reparar el daño cometido por un particular.

Pero el poeta urgía a aprobar la norma, aun cuando en esa reivindicación de víctimas “raspara” a policías, soldados y marinos que a diario se enfrentan con la delincuencia organizada y que dieron con los presuntos asesinos de su hijo.

El propio gobierno y otras voces han dicho que después se le pueden hacer remiendos a este traje nuevo del poeta.

Sicilia puede estar feliz con él, pero, como en el cuento del Emperador de Hans Christian Andersen,  quizás no se dé cuenta de que los “pícaros” lo engañaron.

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