20 de Octubre de 2018

Opinión

El triunfo de #BigBrother

De la sociedad actual se pueden decir mil cosas, pero la que considero determinante...

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De la sociedad actual se pueden decir mil cosas, pero la que considero determinante es que es víctima de sus propios complejos, aunque estos sean simples excusas para formar parte de las tendencias a las que afirma detestar o no seguir.  

Hace más de una década, Big Brother logró fácilmente captar la atención de los mexicanos de todos los niveles. Hasta los críticos e indiferentes sabían quiénes eran “La Mapacha”, “La Negra” o “El Pato”, pues estaban no sólo en todos los medios, sino en las conversaciones de fiestas y reuniones familiares, producto de la extraña experiencia que el programa presentó en su momento.

La versión actual del “controvertido” programa de realidad no sólo huele, es un fracaso en toda la regla. Su enfoque mediático está sobrepasado no sólo por el poder de las redes sociales, también por la oferta televisiva y de entretenimiento que acapara la atención del público con muchísimo mejor tino, y que representa el único culpable de que Big Brother no tenga el éxito esperado. Tan simple como eso.

Por más lecturas, relecturas, disertaciones y columnas que se escriba sobre la evolución social del público mexicano, lo cierto es que la razón de que el reality show sea un fracaso, es que los productores fallaron en encontrar la forma de conectarse con la gente, al creer que compartir unos cuantos “tweets” o páginas personales de los miembros de la casa, crearían de la nada a los “tweetstar” que el país esperaba, y que es posible lograr, con un poco de cerebro y respeto para los usuarios de redes sociales. 

La falla es de otros

No es, desde mi punto de vista, que la sociedad dentro y fuera de línea tenga mejor calidad o sea menos manipulable, al contrario, en nuestro actual contexto de comunicación, nada más fácil que guiar a un montón de gente hacia la colocación de un artículo de cualquier clase, todo con el poder de un “hashtag” y una campaña de “social media”. La producción del programa de telerealidad sencillamente fue incapaz de darle al público lo que pedía: personajes “reales”, una razón para el chisme, y el consabido boleto para el “tren del mame”.

Perfecto ejemplo de esta situación es que, aún cuando el programa es impopular, la sociedad habla de él, de forma negativa por supuesto, pero sabe que existe, está pendiente de las notas y opiniones que hablan en contra de él, misma que refuerzan el mame en las redes sociales, donde lo in es tirarle tierra al programa para, en la gran mayoría de los casos, sentirse elementos de la contracultura.

En otras palabras, el poder mediático del reality show aún existe, aunque no cómo esperaban los productores, que al parecer, se quedaron con la mentalidad del siglo pasado en cuanto a los detalles y formas de llevar las riendas del programa, que sigue su relativo éxito en Reino Unido y España. 

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