23 de Octubre de 2018

Opinión

El valor del no

Mandela apostó su vida a transformar la realidad y lo hizo, dejando en ello la vida misma, pagando costos personales de los que nadie puede recuperarse.

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Murió Nelson Mandela. El mundo casi entero lamenta la pérdida, incluidos muchos representantes de aquello que el político sudafricano combatió a lo largo de su vida. Los decesos de los grandes hombres parecen convocar unanimidades, pero para rendirles el tributo que realmente merecen vale la pena distinguir la admiración al notable de la comunión con el luchador.

Se celebra de Mandela, y no es para menos, haberse empeñado en superar, en la Sudáfrica posterior al apartheid, por un lado, la ira y el resentimiento de la mayoría negra, vejada durante más de tres siglos de ocupación europea y, por el otro, el revanchismo de una élite blanca añorante de sus viejos privilegios. Su tarea de conciliación marca sin duda el camino contemporáneo de la tierra que lo vio nacer.

Pero no es esa la principal herencia de Mandela a su país y al mundo. Su legado es, en verdad, haber dicho “no”.

Dijo “no” a una realidad intolerablemente injusta, que sin embargo se presentaba imbatible y aplastante. Dijo “no” a actuar dentro de los límites de lo aceptable, que no era sino una forma de resignarse a que nada cambiara. Dijo “no” a un racismo que, pese a ser la negación de la razón, ya en el ocaso de siglo XX seguía gozando del férreo apoyo de varias potencias que, para sí mismas, reclamaban la democracia como única forma legítima de disputa por el poder.

Dijo “no” a la sensatez de acatar lo que no se puede cambiar. Apostó su vida a transformar la realidad y lo hizo, dejando en ello la vida misma, pagando costos personales de los que nadie puede recuperarse. Baste con recordar que, habiendo dejado la cárcel en 1991, sólo pudo vivir en libertad 22 años más. Cinco menos de los que fue mantenido en prisión por la tiranía blanca. Sin embargo, la terca realidad que prestaba oídos sordos a los reclamos de justicia acabó siendo doblegada por la obstinación de una masa de negros y su dirigente, preso y aún más terco.

Esa es la verdadera enseñanza de Mandela. Reconocer lo que es absurdo y combatirlo. Más allá de las lecciones de publicidad mal aprendidas por algunos políticos, la vida de Nelson Mandela demuestra que decir “no” es, en muchos casos, la única forma digna de vivir.

Bien haríamos los mexicanos en decir no, fuerte y con la frente en alto, a más de cuatro cosas que hoy parecen inmutables.

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