16 de Octubre de 2018

Opinión

El viejo y el nuevo PRI

A mediados de 1986, el senador Miguel Borge Martín se perfilaba...

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A mediados de 1986, el senador Miguel Borge Martín se perfilaba ya como el virtual candidato a la gubernatura del Estado de Quintana Roo, merced a su importante labor dentro del grupo encargado de las negociaciones para la incorporación de México al GATT (Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y de Comercio, por sus siglas en inglés), no obstante su presencia proselitista en la entidad que anhelaba gobernar era impensable y la concesión de entrevistas que hablaran del tema eran hábilmente esquivadas.

La trayectoria del político cozumeleño había recibido un fuerte impulso del gobernador Pedro Joaquín Coldwell y todos en el Estado daban por hecho que su más cercano contrincante, el también senador Alberto Villanueva Sansores -chetumaleño de origen- no tenía mayores posibilidades de convertirse en el ungido por el PRI como candidato a la gubernatura de Quintana Roo. La aparición de la imagen del senador Borge en los noticieros de la televisión nacional, en la ronda de negociaciones celebrada en Punta del Este, Uruguay, para incorporar a México al polémico acuerdo comercial, fue interpretada como el mensaje subliminal de que el presidente Miguel de la Madrid, había dado luz verde para proyectarlo a la gubernatura, como luego sucedería. 

No obstante, cuando visité al doctor Borge en su cubículo de la antigua Casona de Xicoténcatl, en la capital del país, seis o siete meses antes de su destape, el senador fue directo y con la cortesía que siempre lo caracterizó, me dijo: “podemos hablar de lo que quieras, pero por favor no me preguntes nada acerca de mis aspiraciones políticas porque no te voy a contestar”. Y ese día entendí que aun cuando el doctor en economía tenía la certeza de que el fiel de la balanza le favorecía, se apegaba a un código no escrito en la política mexicana de aquel entonces, no adelantarse a lo obvio, no echar las campanas al vuelo, tal y como lo recomendaba el viejo zorro cetemista, don Fidel: “el que se mueve no sale en la foto”.   

La regla no escrita partía de una lógica elemental: revelar el nombre anticipadamente de los ungidos significaba poner a prueba la disciplina de los que se quedaban atrás en la carrera por la sucesión y el sistema no quería borlotes innecesarios. Pero destapar precozmente a los consentidos también podría significar exponerlos al fuego amigo y enemigo, un riesgo que nadie quería correr. Luego entonces, el anticipado y virtual destape publicitario de José Luis “Chanito” Toledo, quien primero iría a la Cámara Baja, no tiene explicación en la tradición de las sucesiones del viejo PRI, a menos que en la víspera electoral se esté compitiendo por el mejor posicionamiento contra un rival demasiado poderoso.

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