23 de Septiembre de 2018

Opinión

Embeleso por la histeria

La industria del río revuelto, la idílica primavera golpista, los héroes de Face y del Twitt...

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La industria del río revuelto, la idílica primavera golpista, los héroes de Face y del Twitt, el periodismo de consigna y el de rebaño, el oprobioso oportunismo electorero de nuestros partidos y políticos de pacotilla, la adicción a las histerias colectivas; todo ello aderezado con el desencanto, enfado y pánico popular, sin faltar los ejercicios prueba de bandas de saqueadores acarreados, por las redes y microbuses, en operaciones estratégicas por su localización, coordinación y efectividad.

Aristegui, de fiesta, revive su “expulsión del monopolio de la verdad política”, su victimización y su odio jarocho contra Peña, anunciando la “revolución social” y en su muy personal manera de entender y hacer periodismo desinforma, moviliza y aliena.
El silencio del Peje y su sonrisa socarrona permiten pensar que opera desde lo oscurito para atizar el fuego del resentimiento y avivar el caos del que aspira surgir como salvador.

El pánico ciudadano suplanta ciudadanía y realidad.

Trump aprovecha el viaje, juega con el dólar y estúpidamente, como es todo en él, incendia la casa del vecino como si las llamas no le significasen peligro.

La consigna parece ser alienar social y políticamente. En Centros urbanos proliferan los saqueos, en las redes sociales el odio estratégicamente cultivado, el pánico azuzado, el embeleso por la histeria, la renuncia de Peña Nieto, la desaparición del Congreso, el desmantelamiento de lo poco que queda de nuestra vida institucional.
Quememos todo para que todo mejore.

¿Y luego?

Esta locura colectiva me retrotrae al “Ya” del foxismo; a la expulsión a patadas del PRI de Los Pinos; a la euforia entrópica de una ciudadanía manipulada por sus humores y miedos. Porque, después del “Ya” y las patadas la nada.

Así podrán sacar a Peña de la Presidencia y quemarlo en leña verde, esclavizar de por vida a diputados y senadores, hornear en campos de concentración a políticos y regalar gasolina, gas y luz.

La pregunta sigue siendo ¿y luego?

Los adoradores de la primavera árabe harían bien en voltear a ver al mundo árabe.
Las sociedades no se construyen ni se mantienen destruyendo sus cimientos y  diluyendo su argamasa.

Hemos construido una democracia negativa, que moviliza siempre en contra, nunca a favor. Democracia antropófaga, adicta a destruir y desmantelar, incapaz de concertar acción constructiva alguna. Democracia de llamas, no de logros; de paredones, no de instituciones.

Entiendo la molestia, el enfado y el pánico de los mexicanos por nuestra lamentable circunstancia y oprobioso futuro, pero en lugar de reaccionar como ciudadanos nos dejamos manipular como turba enardecida.

Fueron las turbas enardecidas la que dieron al traste con la Revolución Francesa, hundiéndola en la época del terror que desembocó en el Imperio Napoleónico, nada más alejado de la libertad, fraternidad e igualdad que insuflaron su origen.

El gobierno y Peña pagan la suma de sus errores, cerrazones e ineptitudes, pero no tiremos al niño con el agua sucia.

En una ocasión un grupo de vecinos en Tijuana nos convocó para proponernos litigar una denuncia contra el Infonavit por la venta de un conjunto habitacional que se caía nomás de verlo. La obra había sido un latrocinio del Delegado y las casas se sostenían en píe por obra del Espíritu Santo. Lo curioso es que los vecinos sólo querían meter a la cárcel al Delegado, nada más. Por más que le insistimos que con sólo meter a la cárcel al exfuncionario no iban a resarcirse del daño, no quisieron entender razones. No les importaba arreglar sus casas, cobrar daños y perjuicios, ser indemnizados. Sólo querían linchar al que se las hizo pero seguir igual de jodidos.

Así parecemos estar. No vamos a salir como sociedad y nación de nuestra profunda crisis levantando patíbulos y cortando cabezas. Ello podrá saciar nuestras ansias toreras y beneficiar momentáneamente a los politiquillos de ocasión que buscan lucrar con la circunstancia, pero seguiremos igual o más de jodidos.

Quienes atizan las redes lo saben y alimentan al Huitzilopochtli que llevamos dentro. Pero no es comernos el corazón palpitante del otro lo que requerimos, sino ciudadanía actuante y madura. Ciudadanos, no masa (o raza, como ya se dieron cuenta en Nuevo León).

A Peña tengo que reconocerle su congruencia, al menos en este trance. Por dura que sea la medida, la tomó y arrostra las consecuencias, dejando las palpitaciones populistas para otros. Lo más fácil, muy al estilo Echeverría o Chávez, hubiera sido decretar la irrealidad y patear la bomba de tiempo para el que viene.

No sumemos a la crisis, deterioro, ineptitud y decadencia de nuestros políticos la sinrazón de las masas manipuladas y alienadas. De ello sólo se beneficiaran, como siempre, nuestros enemigos de dentro y de fuera.

México demanda de todos madurez y serenidad. 

Hagamos patria no destruyéndola.

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