24 de Septiembre de 2018

Opinión

En femenino

De principio no fue fácil que las mujeres se sintieran libres de compartir aquello que les duele...

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Gracias a la gentileza de Ena Evia y la Escuela de Escritores, tengo el gusto de impartir un taller de escritura en el reclusorio femenil. Escuchar sus textos biográficos me  permite acercarme más a ellas y sus historias. 

En primera instancia, extrañan a sus hijos; los ojos se les llenan de lágrimas al recordarlos y sentir el deseo de abrazarlos. No falta la que confiesa haber equivocado la manera de llevar el sustento a casa cometiendo el delito que hoy le niega la libertad, pero orgullosamente dice: “Por mis hijos lo volvería a hacer, soy viuda y fue mi única opción para que mi hija llegara a la universidad”. 

De principio no fue fácil que las mujeres se sintieran libres de compartir aquello que les duele o les puso en el lugar que están. Pero el tiempo y el proceso creativo han abierto las ventanas; dejan correr su letra y algunas veces sus reclamos: “Cuando estás afuera y pagas la fiesta todos son tus amigos, pero aquí ves la realidad, todos prometen venir a verte y nunca llegan. Los pocos que llegan lo hacen por morbo, por saber si ya trajeron a tal o cual o por saber los motivos por los que están presas nuestras compañeras o cuál es la verdad y cómo pasaron los hechos. Es triste darte cuenta que no vienen por ti, vienen por morbo”. 

Las  veces que  sus hijos  las visitan puede ser doloroso. ¿Cómo explicar? ¿Qué decir? ¿Cómo aparentar que no duele cuando se van? ¿Cómo detener lo que les dicen en la calle o en la familia?  Se que para muchos es difícil mirar a estas mujeres sin señalarlas por sus delitos; yo construyo aquella idea de que lo cuestionable es la acción no el ser humano que está ahí, que se equivocó y hoy  pierde minutos valiosos en el crecimiento y  formación de sus hijos, los minutos se vuelven tortuosos y las hacen pensar en la puerta falsa. 

Por fortuna, ahora hay programas que trabajan desde adentro en más de un sentido;  trabajamos en la cárcel para la reinserción de estas mujeres. No dudan en que serán señaladas cuando salgan, ahora construimos  palabras para que una vez pagada su deuda con la sociedad, puedan respirar la libertad sin prestar oídos a los señalamientos: sólo el que vive en la cárcel sabe lo que sudan sus paredes. 

Las mujeres viven el encierro, la ausencia, el abandono y el olvido en un dolor femenino que en muchas de ellas se instala en el vientre por la nostalgia de sus hijos. Es distinto el encierro para hombres y mujeres, quizá porque ellas suelen vivir otros encierros en la violencia o “el amor”.

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