09 de Diciembre de 2018

Opinión

En los de aire no vale

El viejo cascarrabias fue hace unos días al Inapam a sacar la credencial que lo hace oficialmente viejo o “de la tercera edad”.

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Convencido –para decirlo más claro, obligado por la crisis económica– de que le sería muy útil en los años que le quedaban enfrente (no muchos, en sus apreciaciones, porque, según él mismo se diagnosticaba, tenía graves dolencias), el viejo cascarrabias fue hace unos días al Inapam  (anagrama que, según averiguó, significa Instituto Nacional para los Adultos Mayores -eufemismo que, perdón por tanto paréntesis, le chocaba y ya diremos pronto por qué-) a sacar la credencial que lo hace oficialmente viejo o “de la tercera edad”.

Sirve como identificación oficial y permite a la población de 60 años y más acceder a múl tiples beneficios y descuentos a nivel nacional (el que más le interesaba al carcamán es el descuento en los camiones, porque en pasajes se le iba casi toda la exigua pensión que recibía después de 44 años de trabajo) y a TODOS (sonaba tentador) los servicios que proporciona la institución.

No averiguó de qué servicios se hablaba en la propaganda oficial porque él sabía muy bien para qué le serviría. Se imaginaba entrando al camión y mostrando la placa que le haría sentirse importante, ya que el camionero le tendría que cobrar tres pesos en vez de los siete autorizados a los demás hijos de vecino. Como en sus lejanas épocas de estudiante, cuando la credencial de la FEY (¿existe?) le daba acceso hasta a los cines a mitad de precio.

El día que fue no había mucha gente, quizá porque amaneció nublado y lluvioso y sus coetáneos y coetáneas (eso de escribir así era una de las manías culteranas del engendro de otras eras) no salen si hay mal tiempo y fue rápidamente despachado –también amablemente– y en poco más de media hora ya estaba en la calle oficialmente investido beneficiario del Inapam.

Cruzó lo más veloz que se lo permitió su artrítica rodilla izquierda el parque de La Paz –cercano a las oficinas del Instituto–, atravesó como pudo la transitada avenida Itzaes (cuyo nombre hay que definir, pensó, porque ya se le pusieron muchos y uno se confunde) y se paró a esperar el camión en la entrada del Centenario. La espera no fue larga y en pocos minutos ya estaba dentro del camión y extendía sus tres pesos y su credencial al camionero.

No papito (cómo le encabritaba que le dijeran así)”, le espetó el chofer, “en los de aire no vale”. “Triste destino el mío”, parafraseó en su corazón a Atahualpa Yupanqui, cuyas canciones son de sus preferidas desde la época en que usaba pelo largo y bigote.

Sic transit gloria mundi, escuchó desde lo más hondo de su alma.

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