22 de Septiembre de 2018

Opinión

Entre aguaceros, lluvia y tormentas

Cuando nos enteremos de la presencia de algún fenómeno atmosférico, recurramos primeramente a la información ofrecida por las autoridades.

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Entre las expresiones cotidianas sobre la caída de agua que solemos escuchar está: “Cayó un aguacero” y lo asociamos a la caída de mucha agua en un periodo corto de tiempo. Al escucharlo no necesitamos más que nuestra experiencia para poder entender dicho comentario. 

La lluvia es definida como “fenómeno atmosférico de tipo acuático que se inicia con la condensación del vapor de agua contenido en las nubes”. Cuando la cantidad de agua que cae es elevada y tarda en poco tiempo eso cambia a otro nivel, o sea se convierte en aguacero que en realidad se define como: lluvia repentina, intensa, de gotas de gran tamaño y de muy corta duración, normalmente causada por gota fría. 

En la temporada de huracanes es muy común escuchar el término tormenta, por estar asociado directamente a los fenómenos hidrometeorológicos que se suscitan en esta época del año y a los que tanto respeto le tenemos en esta tierra del Mayab, sobre todo por las experiencias vividas por los famosos huracanes Gilberto e Isidoro. Una tormenta es definida como una perturbación violenta de la atmósfera que incluye fuertes vientos y precipitaciones. 

La tormenta se caracteriza por la coexistencia de dos o más masas de aire de diferentes temperaturas, lo que provoca una inestabilidad en el ambiente que puede incluir truenos, relámpagos, lluvias, granizos y otros fenómenos. 

Sin embargo hay que recordar que existen varios tipos de tormentas, como las eléctricas y las tropicales, las cuales son muy comunes en esta temporada. Las tormentas tropicales son las de grandes dimensiones que se producen en las regiones subtropicales y que tienen la potencialidad de derivar en huracanes. 

En Yucatán la tormenta tropical más cercana y más reciente se presentó el pasado jueves al asociarse una perturbación atmosférica que estuvo en desarrollo durante 48 horas en la zona del Atlántico y que ingresó al canal de Yucatán vía el mar Caribe con un desplazamiento hacia el nororiente y que por fortuna sólo rozó la península, pero que al ingresar al Golfo de México y rebasar sus vientos los 64 kilómetros por hora se convirtió en la tormenta tropical Karen. 

Cuando uno se pone a analizar este tipo de situaciones empieza a entender la reacción de la gente al escuchar en los medios de comunicación como varios informadores, al querer adelantarse a la información, dan por hecho la formación de un fenómeno hidrometeorológico sin estar plenamente diagnosticado por los especialistas y logran que mucha gente caiga en la incertidumbre debido a la desinformación que esto genera. 

Lo más recomendable es que cuando nos enteremos de la presencia de algún fenómeno atmosférico recurramos primeramente a la información ofrecida por las autoridades oficiales, ya que cuenta con los elementos necesarios para medir el desarrollo de los mismos y después recurramos al medio de comunicación que más nos guste. 

Una tormenta tropical se desarrolla cuando la velocidad de sus vientos se ubica entre los 64 y los 118 kilómetros por hora, ya que un rango menor se considera como depresión y al rebasar los 118 ya se convierte en un huracán. Si bien las lluvias benefician al campo y en las ciudades refrescan el ambiente, también pueden tener varias implicaciones nocivas si caen en exceso. 

Las precipitaciones o caída de la lluvia se miden en milímetros, y con base en esta medida es que se determinan las acumulaciones y las posibles afectaciones. Nuestros antepasados podían con certeza y precisión predecir las temporadas de lluvia y de esta manera hacer sus siembras, ya que  dependían de la agricultura para subsistir, pero en los últimos años hemos cada vez es más difícil predecir las lluvias y hay ocasiones en que estando el sol en plenitud se deja caer una lluvia tipo aguacero y a los cinco o diez minutos vuelve a salir el astro rey como si nada lo hubiera opacado. 

Según algunos estudiosos, esto se debe en gran parte al famoso cambio climático y a los estragos del calentamiento global y sin lugar a dudas este fenómeno se seguirá presentando de manera más constante y por diversas causas. 

Si bien es cierto que todas las precipitaciones tienen un porqué y un cómo, esto no deja de ponernos en jaque, ya que en muchas circunstancias nos preocupamos más de la cuenta y hasta nos alertamos de manera innecesaria. 

Sería bueno que estos temas se abordaran en todos los niveles educativos y promover una verdadera cultura al respecto. Esperemos que las lluvias sean las necesarias, los aguaceros los indispensables y las tormentas las mínimas para evitar los sustos cada día más frecuentes.

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