21 de Noviembre de 2018

Opinión

Eros y morbus

Las enfermedades producto de la actividad sexual son tan antiguas como la humanidad misma.

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Las relaciones sexuales que hacen posible la conservación de las especies  de los seres vivos y que en el hombre  pueden adquirir un carácter de comunicación íntima y  perfecta, sublimando el instinto sexual animal en un acto amoroso de entrega plena, pero que a través de la historia han sido interpretadas por motivos religiosos como un acto exclusivamente de reproducción o sexista –“para el hombre es placer y para la mujer reproducción”– hasta llegar a la revolución sexual de los 60 cuando, con el advenimiento de la píldora anticonceptiva, la mujer reclamó igualdad sexual y respeto a su decisión para la procreación, y en los 90 la revolución homosexual que demandó derechos y tolerancia, dejándose de considerar como una enfermedad y si acaso produjera alguna, que por cierto es grave y difícil de erradicar, sería la homofobia y, dicho sea de paso, la preferencia sexual no es una voluntaria decisión sino una genética  imposición –si la biología molecular no dice lo contrario–; y dentro de esta amplia gama de  expresión de la sexualidad,  que es uno de los grandes resortes de la conducta humana, el acto sexual puede  también transmitir enfermedades, a las que antes se les llamaba venéreas en alusión a venus, la diosa del amor, pero como sexo no es igual a amor, actualmente se les denominan  simplemente como Enfermedades de Transmisión Sexual (ETS). 

Las enfermedades  producto de la actividad sexual son tan antiguas como la humanidad misma, pero hay tres que han tenido un papel relevante en la historia por la gran cantidad de personas afectadas y por el  impacto social que han representado: la sífilis, la gonorrea y más recientemente el sida.

Las ETS pueden clasificarse en dos grupos: las esencialmente de transmisión sexual como sífilis, gonorrea, chancro blando o cancroide, linfogranuloma venéreo, granuloma inguinal y sida, y las eventualmente de transmisión sexual como la escabiasis o sarna, la pediculosis (por piojos como la ladilla), uretritis inespecíficas, infecciones por clamidias, molusco contagioso, condiloma acuminado, herpes simple, tiña inguinal y candidosis, tricomoniasis, balanopostitis erosiva, hepatitis B y enfermedad pélvica inflamatoria.

Según la OMS cada año se producen 448 millones de nuevos casos de ETS curables, sin contar los casos de sida. El inicio temprano de la actividad sexual y con múltiples parejas explica que más del 50% de los casos sea en menores de 25 años. Algunas de estas enfermedades pueden transmitirse también a través del embarazo o por transfusiones de productos sanguíneos.  Las ETS no tratadas adecuadamente pueden causar esterilidad hasta en el 40% de los varones afectados y hasta en el 85% de las mujeres.

La piel, además de ser el órgano más extenso, es después del cerebro el más erógeno y asiento de múltiples manifestaciones de las ETS.

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